domingo, 17 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones IV / ♫I Bet You Look Good On The Dancefloor - Arctic Monkeys

Todavía hace frío, pero ya dentro de pocos días empezará la primavera. 
El verde borra el gris poco a poco.
Desde que se levantó a las dos de la tarde, hasta que se marchó a la calle, Wesley no tocó el diario que le había regalado Albert. Ni siquiera lo miró. Sabía que la noche anterior había escrito algo, pero no lo recordaba. No quería recordarlo.
Aunque sabía que tarde o temprano le vencería la tentación y lo leería.
Wes bajó a la calle sabiendo que el diario se había quedado abierto sobre la mesa de su habitación. Salió a la calle y al darse la vuelta después de cerrar la puerta con llave, vio a Charlie sentado en el techo del coche del señor Atkinson, fumando. Sí, en el techo del coche.
¿Has dormido bien soldado?
Sí, todo correcto.
Wes todavía tenía la voz ronca de la noche anterior, pero Charlie le sacó media sonrisa solo con saludarle. Todo era culpa del humo, de los líquidos incandescentes y del frío. Wes no era consciente de que había convertido todo eso en rutina. Era consciente de que le gustaba, de que no sobreviviría mucho si pensase en seguir con esa vida a largo plazo. Aunque muy pocas veces pensaba en lo segundo.
Ese es uno de los coches del señor Atkinson. Y tú has osado sentarte encima.
También me siento encima de los coches del señor Addley. Me siento encima de muchos coches siempre con el tono irónico que ellos mismos habían inventado . Sentarme a fumar encima de los coches que hay aparcados por aquí es la mejor metáfora que se me ha ocurrido nunca. Porque el tabaco es mi mejor laxante.
Es una metáfora preciosa, soldado Charlie. Aunque seguro que a Byron no le gustaría.
Sí. Por eso no volveremos a vagar tan tarde en la noche, aunque el corazón siga latiendo…
... y la luna conserve el mismo brillo.
Charlie bajó del techo del coche y emprendieron su camino hacia el bar de Albert, el ‘Epsom Straight’. La recta final del hipódromo de Epsom era también la recta final de cada día y de cada noche..
Wes no paraba de preguntarse qué habría escrito la noche anterior. No era capaz de adivinar cuál sería la cantidad exacta de tonterías que habría escritas en aquel papel.
Ayer Emma no estaba en el teatro.
Lo sé.
¿Te importó?
Eso no lo sé.
Ya.
Caminaban despacio. Nunca tenían prisa. Debían ser las dos únicas personas de Londres que nunca tenían prisa.
Deberíamos irnos a Cuba o a Puerto Rico. O a Jamaica.
Yo creo que primero deberíamos hacer algo aquí.
Hacer algo aquí. Pásame un cigarro y explícame eso.
Tenemos que hacer algo. Deberíamos aportar algo. A nuestra manera. Tenemos todas las facilidades del mundo y tenemos que aprovecharlas de una vez. Está muy bien todo esto que hacemos, esto que para todo el mundo se reduce a no hacer nada y a vivir del cuento para mí significa mucho, pero hay que hacer algo más. Hay que conseguir que haya gente que sepa que existamos. Y el paso siguiente será conseguir que la gente quiera que existamos.
¿Has dormido bien?
Sí… Eh… ¿has escuchado lo que te he dicho?
Claro que te he escuchado, pero me preocupa saber si el soldado Atkinson ha dormido bien.
Sí, sorprendentemente sí.
Me parece bien eso que dices de hacer algo más. Y creo que sé lo que podemos hacer.
¿Lo dices en serio?
Sí. Bueno, no es precisamente serio, pero es una idea. Es un bar.
Un bar.
Sí joder, abrimos un bar.
A Wes le había encantado la idea de Charlie, pero se quedó un rato en silencio para crear suspense y que el soldado de pelo imposible se pusiera nervioso. Wes fumaba lento y andaba con la mano izquierda metida en el bolsillo de la gabardina, jugando con los tres comprimidos de hidroxicina que llevaba siempre encima.
Bueno, ¿qué dices?
Caminaba mirando al suelo, Charlie le miraba expectante. Wes no levantó la cabeza, pero sí la mirada, y también esa sonrisa absurda que sale a flote cuando algo te ilusiona.
Que tenemos que empezar a buscar local.
Charlie ya sabía que la sonrisa absurda de Wes escondía un “SÍ” gritado en silencio.
¡Buenas tardes muchachos!
¡Buenas tardes coronel!
Los viejos de siempre ocupando las mesas de siempre en el ‘Epsom Straight’. Las mismas banquetas ocupadas por los mismos cuarentones recién salidos del trabajo.
Albert era irlandés, y lo sigue siendo. Cuando los chicos le presentaban a alguien en el bar siempre le anunciaban como el “coronel Albert O’Brien, propietario del Epsom Straight y fiel e irlandés defensor de Su Majestad la Reina Isabel II”, y no hubo una sola ocasión en los últimos años en la que Albert no añadiese: “si el Señor me lo permite, seguiré siendo el mismo mañana”. Aquella tarde Albert estaba contento.
¿Dónde acabó ayer la noche?
En la puerta del teatro. En el banco que hay frente a la puerta del teatro.
¿Y pasó algo?
Nada, estuvimos un rato ahí, esperando a que se abrieran las puertas. Se abrieron y no salió nadie. No salió nadie. ¿Verdad, Wes?
Wes ya había empezado a beber y a fumar. Ya estaba sentado en la barra escuchando con gesto firme a Charlie y a Albert. Su mirada se perdía en los brillos que plagaban la barra de madera del Epsom Straight. Y contestó a Charlie.
No, no salió nadie.
Y después, un paseo hasta casa. Y a soñar. Voy un momento al baño.
Charlie desaparece de la escena y Albert se queda con Wes, que da un trago a la pinta que hacía guardia sobre la madera, entre el coronel Albert y él.
Apenas dormí anoche. Me puse a escribir en el cuaderno que me diste. Y no he leído lo que puse. No me acuerdo. Y me da pánico volver a casa y leerlo.
Pues pasa la página.
Pero al mismo tiempo me muero de ganas de leerlo.
Pues entonces léelo, muchacho. No te hará daño. Si lo haces bien, tu diario se convertirá en tu espejo. Lo que veas escrito acabará siendo lo que eres.
Seguro que lo leeré. Ahora cuando venga Charlie tenemos que contarte algo.
Y suena la cisterna, y cinco segundos después, el soldado de melena imposible vuelve a escena.
Charlie, ¿qué tenemos que contarle a Albert?
El Parque de Atracciones.
¿Qué significa eso?
No lo sé pero es el nombre que he pensado.
Cuando les escuchaba hablar de algo que él desconocía, Albert nunca pensaba en algo bueno.
Albert, Wesley y yo hemos pensado en abrir un bar.
Albert tardó en reaccionar. Parecía que no había escuchado lo que Charlie acababa de decir.
Si esto es una despedida, ya sabéis lo que hay: tened cuidado, pedid perdón y dad las gracias. Siempre.
Y abrió el grifo de cerveza. Albert interpretaba que los dos jóvenes habían decidido empezar una nueva vida. Borrar todo lo que había ocurrido antes de ese día. Pero no era así. Ellos no eran conscientes, pero Albert era uno de los motivos por los que su vida merecía ser vivida.
Albert esto no es una despedida. El bar abrirá por las noches, y nosotros seguiremos viniendo aquí.
Será la primera vez en vuestra vida que tendréis responsabilidades.
Sí pero tenemos ganas. Yo tengo ganas. Y Wes no dice nada, pero las ganas le están matando.
Si nos sale bien, creo que es lo mejor que habremos hecho nunca.
Bien. Me gusta que hagáis esto. Me gusta que hagáis cosas. No sabéis lo triste que es encontrarse a gente demasiado adulta arrepintiéndose de todo lo que no hicieron cuando deberían haberlo hecho.
Queremos que la gente quiera que existamos. Wesley lo ha dicho antes.
En realidad yo quiero mucho más que eso. Pero hay que partir con esa máxima.
Wes nunca supo realmente por qué aceptó la propuesta de Charlie. No quería que su vida girase en torno a un bar. Ya lo había hecho durante toda su adolescencia, y no hay duda de que si a Wes le ofreciesen volver atrás en el tiempo y revivir todo lo que ocurrió desde que tenía doce años hasta esa tarde de marzo, únicamente soltaría un ‘no’. Un ‘no’ cargado de asco y de miedo. Wes necesitaba aprender a distraerse. Aprender a fracasar. Y montar un bar era bueno para las dos cosas. Más para la segunda que para la primera, porque Wes no quería distraerse. No quería tener la sensación de estar perdiendo el tiempo. Ya conocía esa sensación. La conocía muy bien. Demasiado bien.
¿Has dicho ‘El parque de atracciones’?
Y por dentro será como un club de caballeros abandonado.
Y encima de la puerta las letras hechas con neones rojos. Rojo prostitución.
Y una barra de madera como esta.
Y whisky escocés. Mucho whisky. Cascadas de whisky escocés. De los grifos de los baños saldrá whisky escocés.
Ya habían vaciado una botella. Eran las seis de la tarde.
Soldados, les informo de que los dueños de los locales no deben consumir bebidas alcohólicas mientras están de servicio.
Frenaron las fantasías. Wes miró a Charlie. Charlie miró a Wes. Era demasiado pronto como para parpadear tan rápido y para tambalearse tanto. Pero aún así Charlie se atrevió a contestar al viejo y sonriente Coronel O’ Brien.
¿Qué cuando tengamos el bar no podremos beber?
Eso es, soldado Addley.
Bien pues… Wes, ya sabemos cuál es la primera norma: “En ‘El Parque de Atracciones’, los propietarios SÍ podrán consumir bebidas alcohólicas, siempre que sea con fines terapéuticos’.
Sonrisas cómplices la de Albert y la de Wesley tras escuchar las estupideces que soltaba Charlie, que hundía las manos en su pelo como si buscara un tesoro escondido. Albert estaba orgulloso.


Pues no les diré nada más, soldados. Simplemente disfruten de su terapia.

El Parque de Atracciones III, aquí.
El Parque de Atracciones II, aquí.
El Parque de Atracciones I, aquí.

jueves, 14 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones III / ♫Pólvora - Leiva

Mi abuelo se llama Christopher. Yo me llamo Christopher por él. Wesley John Christopher. Joder, esto es ridículo. Estoy haciendo esto porque Albert me dijo el otro día que empezase un diario. Porque yo le había estado contando que necesitaba ordenar mis ideas. Ordenar mis pensamientos y mis sentimientos. Entonces Albert me dijo que escribiese. Cuando se me apareciesen los fantasmas. Mejor dicho, cuando me atacasen. Cuando me violasen. Hoy me lo ha vuelto a recordar y hoy empiezo.
Es tarde. Estoy un poco borracho pero necesito hablar. Acabo de llegar del teatro. Charlie me ha acompañado hasta la puerta. No sé si él habrá llegado ya. Supongo que sí. Charlie no me preocupa. Nunca me ha preocupado. Llevamos toda la vida juntos, y cada vez que ha ocurrido algo malo, lo ha tratado de una forma que no te permite pensar en palabras como angustia o miedo. Él se encarga de todo. Todo saldrá bien. Siempre. No hemos visto a Emma salir del teatro. Yo sabía que no iba a estar. No sé si ver una peli. Hemos visto caras conocidas pero ninguna merece ser nombrada. Son monstruos sectarios. Solo se relacionan entre sí. Nuestros padres viven en esa mierda. Crecieron viendo cómo nuestros abuelos vivían en esa mierda. Estoy un poco borracho pero necesito hablar y parece que no quiero. Tengo sueño. Emma no estaba en el teatro. Estará durmiendo. Son casi las cuatro de la mañana. No sé qué me pasa. Si fuese cualquier otra persona creo que diría que estoy deprimido. Pero no, no estoy deprimido. No me lo puedo permitir. Tengo que hacer algo. Esto no sirve para nada. Creo que al final  voy a contar quién soy. Albert me dio este cuaderno el día que me dijo que empezase a escribir. Y ya llevo casi una hoja. Es pequeño.
Me llamo Wesley John Christopher Atkinson. Crecí en Belgravia, Londres. Vivo en Belgravia, Londres. Y creo que esa es una de las peores cosas que se pueden decir de mí. Vivo en la misma casa desde que nací.  No soy muy alto. No creo que esté muy por debajo de la media británica. No sé qué más puedo decir. Me gusta beber. Me gusta demasiado. También me gusta fumar. Soy un simple. Me gusta el fútbol, la ropa buena, las carreras de caballos, el whisky, y el buen whisky para mis cumpleaños. Me he ganado muy pocas de las cosas de las que disfruto. Casi nada. Vengo de una familia cuya única preocupación relacionada con el dinero era, y es, dar con la forma de ganar mucho más. Nunca era suficiente. Acumular y asegurar para evitar desastres. Nunca hubo desastres, aunque sí hubo errores. Nunca he admirado a mi padre. Vivo como vivo gracias a él, pero no siento que le deba nada. A veces pienso que ni siquiera merece mi respeto. No le necesito. Solo quiero su dinero. No me importa decirlo. Yo necesito humanos. Humanos como Albert. Humanos como Charlie. Emma no ha ido al teatro esta noche.
Estoy sentado en la mesa de mi habitación. Y soy un niñato de Londres, que se acerca poco a poco al alcoholismo, y que tiene veinte años. Un niñato al que le pesa demasiado de dónde viene, y que no sabe a dónde va.
Se duermen mis brazos y mis piernas. Y yo me duermo poco a poco. Miro el reloj y marca las seis menos cuarto.
Sin darme cuenta me acuerdo del viejo Albert. Charlie y yo somos sus soldados, y él es nuestro coronel. Su anciana sonrisa alegra mis días.
Pienso en Albert. Después pienso en Charlie. Y después pienso en Emma.

Y entonces me duermo, esperando el sueño perfecto.

El Parque de Atracciones II, aquí.
El Parque de Atracciones I, aquí.

domingo, 10 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones II / ♫Scars - James Bay

Charlie, estás nervioso. Estás ansioso por algo que no existe ni existirá nunca. Te pica la espalda, como si un ejército de hormigas la estuviese recorriendo a cámara lenta. Pero no te preocupes porque en un segundo te despertarás.
Ya estás despierto. Hoy hace sol en Londres. Como siempre, la calle respira en silencio y tú no tienes nada que hacer. No sabes qué hora es. No necesitas saberlo pero lo miras. Lo miras para quedarte tranquilo. Y ahora irás a desayunar. Tu mente está dormida pero tu corazón va a mil por hora. Más de doscientas por minuto.
Nervios, que conservan esa delgadez de fondista fracasado.
Charlie, tú dices desde hace mucho tiempo que un desayuno no es un desayuno si tiene una gradación de menos de cinco. Todo un ejemplo para los niños. Tú dices que te gusta más ver a una chica fumando que ver a una chica desnuda, y que lo que más te gusta del mundo son las chicas que fuman desnudas. Tú eres ese chico que sale de su casa después del mediodía y no vuelve hasta la mañana siguiente. Ese que ni se peina ni se corta el pelo desde que tenía diecisiete años. Ahora tienes veinte y el volumen de tu pelo duplica el de tu cráneo. Tus padres te registraron con el nombre de Charles Robert David Addley.
Charlie, estás nervioso. Llevas mucho tiempo nervioso porque sabes que el dinero que rebosa en las cuentas de tu familia no va a construir tu vida. Seguirás bebiendo y fumando cada día hasta que desaparezcas. Hasta que te consumas como la ceniza de tus cigarros Dunhill.
No estás triste pero nunca sonríes cuando estás solo. No eres mala persona. Sigues en el camino, pero andas por el borde, haciendo equilibrios para no caer al más profundo y putrefacto abismo. Caminas por el arcén, a punto de ser atropellado.
Pero no estás triste. Nunca estás triste. Nadie dirá nunca:”Charlie está enfadado”.
Charlie, te han hecho creer que deberías cambiar. Pero a ti te gusta cómo eres.  A mucha gente le gusta cómo eres. Nunca te has parado a pensar nada de esto, pero al mismo tiempo todo esto está en tu cabeza, en una extraña sala de espera que nunca ha sido abierta.
Tú no eres Charles Robert David Addley. Eres Charlie.
A Charlie le gusta atarse sus zapatillas viejas y acariciarlas, le gusta enredarse el pelo y crear el caos sobre su cabeza. Le gusta hacer el playback de los grandes éxitos de Queen delante del espejo del baño. Le gusta desayunar en McDonald’s. Le gusta llevar cigarros detrás de la oreja. Le gusta fumar hierba los fines de semana. Le gusta jugar al fútbol.


Tú eres eso, Charlie. Eres eso y mucho más. Y puedes ser mucho más, aunque tú no lo sepas. Pero estás nervioso. Por lo que pueda pasar dentro de cinco años. Por lo que pueda pasar dentro de cinco minutos. Esperas que ocurra algo, pero no sabes que lo estás esperando. Ahora, venga, desayuna y dúchate.



El Parque de Atracciones I, aquí.

viernes, 1 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones I / ♫England - The National

Aquí las chicas no llevan pendientes.
─No.
─Llevan tatuajes en los tobillos.
─Sí.
─Llevan las gafas de sol de sus madres.
─Sí. Las que sus madres llevaban cuando eran como son ellas ahora.
-¿Y cómo son ellas?
─Putamente perfectas. Simplemente caminando ya son perfectas.
Y bebieron el último trago.
─Wes, ¿sabes una cosa?
─¿Qué?
─El bar lleva una hora vacío. No hay ni tatuajes en los tobillos ni gafas de sol.
Y empezaron a reírse a gritos. Y la botella de escocés que habían vaciado entre los dos aquella noche se reía de ellos, mientras la etiqueta negra, empapada, se despegaba poco a poco. Pararon de reír y siguió el guion surrealista.
─No hay nadie, pero nuestro querido y viejo Albert sigue aquí, ¿verdad, Albert?
─Nosotros asesinamos neuronas aquí cada día y él nunca nos habla mientras tanto.
Albert tenía ya muchos años. Era el dueño del local más antiguo de la calle. Trabajaba allí desde los catorce años.
─No sabéis lo que hacéis.
─Lo sabemos demasiado bien, y tú también lo sabes.
─A nadie en esta ciudad le sienta mejor el alcohol que a Wes y a mí. No hay nadie en Londres que sepa beber tan bien como nosotros.
─¿Eso lo dices porque nunca os dejáis nada en ninguna copa, no?
─Nunca hay que despreciar la última gota, Albert.
Albert adoraba a aquellos dos chicos. Para ellos, Albert llevaba mucho tiempo siendo su segundo padre. A veces incluso el primero. Ya iba a cerrar el bar, hasta el día siguiente a las siete de la mañana.
─¿Y dónde vais ahora, soldados?
─Al Teatro de Su Condenada y Muy Puta Majestad, a la salida.
─Tenemos cosas que hacer.
Charlie se hacía el interesante y Albert ponía una cara que mezclaba cansancio y preocupación. Albert era uno de los pocos ancianos del mundo que, con más de ochenta años, todavía era capaz de entender a los jóvenes, capaz de entender lo que significa ser joven.
─Bien, pues tened cuidado, pedid perdón y dad las gracias. Siempre.
Y se marchaba siempre tras decir esa frase, y tras hacer, al despedirse su gesto más característico. Su tímido saludo militar. Su tímido saludo de visera mientras se daba la vuelta, llevando los dedos índice y corazón a la sien.
Lo único malo que Albert había traído a las vidas de aquellos dos especímenes malcriados en Belgravia era el tabaco Dunhill y el alcohol. Albert vivía en un piso pequeño en el primer portal que había al doblar la esquina a la derecha, a apenas veinte metros de su bar. Mientras se iban oyeron cómo Albert metía las llaves en la cerradura, y cómo cerraba de un portazo la enorme puerta de madera de su casa.
Los dos chicos se fueron en la otra dirección. El teatro no estaba lejos, a unos veinte minutos andando.
Después de vaciar una botella de escocés serían treinta minutos. Seguramente dos horas.
─¿Quién ha ido hoy al teatro?
─No sé. Nadie.
─Nadie.
─Monstruos de la City paseando a sus mujeres y maduritos recién salidos del paro, aspirantes a pseudointelectuales. Alguna vieja loca y amargada que venga cada semana. Nadie.
─Nadie. ¿Incluyes a Emma en ese grupo?
─No, hoy seguro que no ha ido. O puede que sí.
─Emma sería la hija encantadora y ejemplar de uno de los monstruos de la City, ¿no?
─Sí, supongo.
Cada vez que alguien nombraba a Emma, la sensación era la de tener el corazón latiendo a toda velocidad mientras baja por el esófago hasta el estómago.
Charlie se puso un cigarro en la boca, y antes de que se diese cuenta, Wes ya le había puesto el fuego en la cara. Charlie encendió el cigarro, y Wes se encendió uno para él. Charlie vio una botella de Smirnoff apoyada en una farola. Quedaban cuatro dedos. Se agachó, la cogió, le dio un trago y escupió, sacando la lengua mientras sufría en su estómago los treinta y siete grados de aquel líquido diabólico.
─Dios, estoy enfermo.
Wes le miró, le quitó la botella de las manos, le dio un trago y su cuerpo no respondió. Su voz nunca temblaba cuando se mezclaba con el alcohol. Sus órganos tampoco temblaban.
─Los enfermos por beber alcohol son alcohólicos. Los alcohólicos empiezan a ser alcohólicos cuando beben solos. Si yo bebo de tu botella ya no estás bebiendo solo. Ergo no eres alcohólico. Ergo no estás enfermo, imbécil.
Charlie se quedó mirándolo, se paró en seco, todavía con la garganta incandescente, y sonrió. Seguían caminando, Wes miraba perdido al frente, y se paró al ver que no tenía a Charlie al lado. Se giró. Y también le miró.
─Hay alcohólicos que beben con otros alcohólicos.
─Da igual, el primer síntoma de la alcoholemia es admitir que la sufres. Mientras no lo admitas, no hay problema.
─Deberías dar charlas en colegios, o mejor en hospitales. Es difícil decir tantas estupideces en tan poco tiempo.
─Sí. Mañana, por suerte, todo lo que estoy diciendo habrá desaparecido.
─¡Entre los adoquines del viejo Londres, que brillan como placas de oro a la luz de las farolas!
Seguían andando hacia el teatro.
─Poesía barata.
─Épica contemporánea.
─Épica contemporánea barata.
─No sabes lo que dices.
─No, yo no, pero allí, detrás de los contenedores, te espera el fantasma de Lord Byron para vomitarte en la cara por haberle intoxicado los oídos con ese verso podrido.
Wes ‘el Sentencioso’ y Charlie ‘el Resignado’ pasean de madrugada por las calles de Londres. (National Gallery, Londres)
─Deberíamos morirnos y resucitar dentro de un rato.

Wes terminó la botella de Smirnoff de un trago. Se metió un caramelo de menta en la boca. Charlie andaba temblando. Hacía frío. Los huesos de sus piernas parecían encajarse y desencajarse a cada paso. Los dedos que sujetaban su cigarro se congelaban poco a poco. El teatro ya estaba muy cerca y Emma no estaba en el teatro. Emma dormía mientras los dos soldados reptaban hasta el banco que había delante del Teatro de Su Majestad. Y cuando llegaron encendieron un cigarro cada uno.

domingo, 29 de marzo de 2015

Turquía I

ESTAMBUL

Se ha llenado la tarde de gritos clamorosos
que ascienden y retumban cargados de plegarias
suben
suben
suben: rebotan contra el sol de tus murallas
y son los velos suaves que caen bajo tus cúpulas,
bajo tus enormes pechos de ciudad pudorosa
para enredarse bajo los tranvías
y cegar tus desechos:
las infancias secuestradas,
las guerras silenciosas,
los olvidos milenarios.

Ascienden los gritos en tus noches pardas
suben
suben
suben: ensordecen el oro y la plata
de tu tez de hojalata,
de tu olor engañoso de glorias muertas,
de tu hedor de feliz humanidad sangrante,
bálsamo de noches infinitas y convexas,
ungüento de humo aspirado del Bósforo
colmado de especias
y música
y mañana.


LLUVIA SOBRE ÉFESO

Ha sonado
    ha huido
         se ha hundido
Polvo…del polvo… al polvo… entre el polvo
las pitas erizadas y tu piedra carcomida
muerto tu polvo… larga vida al polvo
Cuna
         Pasado
                      Desvarío
La función repetida, no entendida, repetida:
un telón de nubes sobre el óxido hermoso:
el saber y lo sabido y la función repetida
Has sonado
      Has huido
            Te has hundido
Hombre… mujer… nada… insecto… coloso
silencio, silencio, muertos los siglos,
muertos los hombres, quedan los nombres
Legados
               Semillas
                              Susurros
Pero también eso pasa, también eso queda,
también el olvido, también cae la piedra
pero la lluvia sigue cayendo, siempre cayendo.
Hemos sonado
             hemos huido
                         nos hemos hundido
Ayer… poder… olvido… muerte… hoy… mañana
Mañana la lluvia, también la lluvia, tan sólo la lluvia
Hoy cae sobre Éfeso, hoy sobre el mundo.
Lluvia
          Lluvia
                     Lluvia
Mañana nos iremos, mañana caeremos,
mañana olvidaremos, Éfeso nos olvidará también
mañana el polvo, sólo la lluvia, siempre la lluvia, siempre cayendo.

A.S.V.

martes, 10 de marzo de 2015

Regreso a la alegría

Voy a volver a poner margaritas en mi pecho
y a vestir camisas de hilo blancas
para que se manchen si me hacen una herida,
para que se empapen de mi sangre roja, intensa, fresca y abundante.

Voy a volver a abrir las ventanas ciegas
para gritar versos y canciones en las muertas horas de la siesta
y me tumbaré en las azoteas los domingos
a ver pasar el sol y los milagros.

Voy a soltar todo el aire que me queda
para volver a respirar los días de aguacero
y a correr desnudo robando sus medias
a las mujeres y quitando sus sombreros a los hombres.

Voy a habitar esta ciudad inmensa
desbordándome por sus calles parlantes
y a pararme frente a ti, que eres mi hermano,
y a enseñarte a bailar tangos que destierran la tristeza.

Voy a morir una y mil veces
para volver después de entre los muertos
y pintaré en los muros con mis manos blancas
que es preciso morir para seguir viviendo.

A.S.V.

jueves, 5 de febrero de 2015

Punteo

Tengo frío. A veces.
Cuando estoy           solo.
               Cuando pienso
en tu cuerpo hecho de lluvia,
en tu piel                 de pizarra,
en tu aliento cálido,
                distante.


A veces
                                               recojo
todas las palabras que has dicho
y las guardo.
Las rescato del olvido
     como si fueran
                                mías.


Tengo frío
            también
cuando vuelvo a las calles de hojalata;
cuando vuelvo
             a los olmos centenarios
que hacen sus                    nidos
                         en mi pecho
y plantan en él sus vibrantes semillas,
esperando a que acabe
                                          el invierno
para estallar violentamente.
Cálidas.
                    Sedientas.
          Cálidas.
                                 Plenas.
                 Cálidas.


                                    A veces
              me resigno:
espero
          a que llegue el verano,
a que pasen                    tantos otoños
         como han pasado.
No sé: veinte
     tal vez,                quizás menos.
Tantos veranos,
                            poblados de semillas
de viento  
                    de encinas  
        de tejas
                                de pinos
                  de aceros
      de sauces
                            de mierda
              de hayas
                               de risas.
Tantos veranos
           y              todavía
tanto      frío.

A.S.V.