jueves, 21 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones VI / ♫Tarantino - Russian Red

Febrero. Frío. Los hijos de la City se refugiaban en el Parque de Atracciones, como cada viernes. Charlie ya había ido tres veces al baño y solo eran las doce. Quedaba la mitad de la noche. Seguiría taladrándose el hígado hasta echar el cierre. El humo del Parque se masticaba y Charlie se quitó la camiseta. Se dejaba ver el tatuaje grabado en su hombro […]. Su cuerpo era un suspiro. La imagen de una campaña de lucha contra la anorexia. Trevor Reznik con principios de barriga patrocinada por Heineken. Y todo a pesar de comer como un musulmán las noches de Ramadán. Y bebía. Bebía. Bebía de forma enfermiza. Sufría ataques de alcoholismo severo algunas noches, y esta era una de ellas.
Charlie se estaba sirviendo una copa. Su cuerpo y su cabeza le pesaban trescientos kilos, pero estaba consciente. No, en serio, realmente estaba consciente. Y levantó la cabeza para saber de quién era esa voz que pedía cerveza tímidamente, como intentando no ser escuchada.
─Ya no es hora de tomar cerveza. Lo mejor ahora sería un jägerbomb. Dinamita para la garganta y para los malos pensamientos.
Aquella chica no era de Londres. Nadie pedía así en Londres, con esa timidez, esa insegura buena educación que provoca el miedo a lo nuevo, a lo desconocido. Nadie pedía nunca así en el Parque de Atracciones. Esa chica nunca había estado allí.
Charlie levantó la mirada y el ruido del local desapareció. Y a partir de ese momento para él solo existía esa voz de preciosos ojos marrón básico que pedía cerveza.
─Pero quieres una cerveza.
─Sí, por favor.
Duelo de miradas. Duración: 2 segundos. Resultado: empate incómodo.
─Tú no eres de Londres.
─¿Cómo lo sabes?
─Porque creo que nunca he escuchado a nadie hablar así en Londres.
─¿Y cómo hablan aquí?
─No sé, nadie es tan amable, al menos en este bar. Además tu acento es extraño.
─Pues sí, soy francesa, de París. La capital de la mala educación y la soberbia.
Charlie no esperaba una sentencia así tan pronto. Ni esperaba esos ojos marrones que le miraban con las pupilas dilatadas, y contra los que volvió a luchar durante cinco silenciosos e intensísimos segundos.
─Seguro que hasta hace muy poco tú tenías a alguien esperándote en casa. De hecho a lo mejor sigue ahí. Tienes cara de haber tenido a alguien esperándote en casa durante mucho tiempo.
─¿Y qué cara es esa?
─No es solo una cara. Es una cara y un cuerpo con ropa y maquillaje de becaria de la City, sentada delante de la barra de un bar del centro de Londres un viernes por la noche. E incluso puede que esa becaria, sin saberlo, haya elegido el mejor bar de la historia de Londres para entrar y pedir una triste, pero también deliciosa, cerveza.
─Demasiada información como para no tener fallos.
─Tienes razón, no vas maquillada.
─Correcto.
─Punto para mí. Y para ti, por cierto. ¿Y por qué estás aquí sola?
─Porque llevo aquí apenas un mes y no conozco a nadie.
Reacción inmediata de asesino de neuronas:
─No suelo decir estas cosas pero, ¿me esperarías hasta el cierre? Menos de una hora.
─¿Cuánto menos?
─Media hora como mucho.
─Lo siento, me tengo que ir ya.
─Vale pues entonces yo también.
─Acabas de decirme que te espere hasta el cierre.
Charlie se abalanzó sobre la barra hasta quedarse un palmo de aquella parisina, que a cada palabra demostraba estar alejada de cualquier tópico.
─Mira, ahora mismo, si tú te tienes que ir yo también me tengo que ir. Hay muy poca gente en la calle y no quiero que te vayas tú sola ahora. Londres puede ser muy miserable a estas horas. Ahora mándame al infierno o déjame acompañarte.
Wes había visto toda la acción a través de los barrotes del piso de arriba, donde controlaba la música. Una escalera de caracol metálica comunicaba esa cabina con la zona de la barra. Wes imaginaba cuál sería el desenlace y por eso bajó las escaleras para encargarse él del cierre. Porque Charlie ya tenía cosas de las que encargarse. Y porque Wes sabía que Charlie haría lo mismo por él. Le dejó pasar para que saliera de detrás de la barra y antes de dejarle ir le agarró del brazo y se acercó a su oreja.
─Ten cuidado, da las gracias, y al final piensa si debes pedir perdón.
Charlie escuchó aquello y rió en silencio, y se despidió de Wes con una palmada en la espalda, y desapareció entre la fauna del Parque de Atracciones.
La chica esperaba fuera del local. Charlie pensó por un momento que, sin decírselo, había optado por mandarle al infierno. Pero esperaba fuera del local, apoyada en la pared.
─¿Dónde tienes que ir?
─Quiero ir a mi casa.
─¿Dónde vives?
─Cerca de King’s  Cross.
En realidad, Charlie sí había bebido demasiado como para hacer algo de provecho esa noche. Intentaba disimular y lo conseguía. Pero sus pupilas cada vez se dilataban más. No estaba fumando, pero sentía que alguien le exprimía los pulmones con las manos. Un intento macabro de asfixia. Asfixia mental. Karma. Lo que fuese. Pero Charlie tenía sus prioridades claras aquella noche.
─No me gusta coger el metro a estas horas. No quiero que tú estés en el metro a estas horas. Llámalo sobreprotección si quieres.
La chica intentaba recordar si alguna vez en su vida había vivido algo así. Intentaba recordar si había conocido a alguien como Charlie. Cada frase hacía que su cabeza volase a mil sitios diferentes en un segundo. Nada de lo que estaba pasando tenía mucho sentido pero su curiosidad quería saber cómo acabaría todo aquello.
─Yo tampoco pensaba coger el metro.
─Bien, pues vamos a buscar un taxi.
No hizo falta dar más de dos pasos para que un taxi se dejase ver acercándose a la puerta del Parque de Atracciones. Todo aquello parecía haber sido ensayado; todo menos el estado del hígado de Charlie, al que a pesar de todo, le apetecía que ocurriese todo lo que estaba ocurriendo.
─Buenas noches, por favor, ¿nos podría llevar a la estación de King’s Cross?
Charlie podría ser cualquier cosa, pero siempre que tenía oportunidad, demostraba que en lo más profundo de sí mismo, en esa categoría escondida de su personalidad, cumplía con el tópico de la educación y los buenos modales de exalumno de Eton. Daba igual en qué estado mental se encontrase. La educación siempre iría por delante. “La educación no es buena o mala, simplemente está presente o no lo está, y eso se demuestra cada día”. Una de sus máximas.
─En camino muchacho.
─Muchas gracias.
Viajar en coche mientras el alcohol viaja por la sangre mezcla de forma radiactiva sufrimiento y placer. Volar en una nube mientras te desangras es una buena forma de explicar lo que Charlie sentía sentado en uno de los asientos de atrás de aquel taxi.
Su cuerpo temblaba un poco. Por el frío, por su nervio natural, y por todo. Con su mano derecha estrujaba la izquierda para frenar reacciones que se quedaban a un paso de convertirse en espasmos. Parecía que nada iba bien, pero la presencia de aquella chica a su lado aplastaba la revolución químico- tóxica que su organismo estaba generando. Y entonces todo iba bien. Y empezó a ir mucho mejor cuando el señor taxista, de acento escocés, desapareció.
─Entonces, ¿te espera alguien en casa?
─No.
─¿Qué estás haciendo en Londres
Tímido amago de carcajada nerviosa.
─No lo sé. De momento intentar sobrevivir. Con eso me vale.
─Yo nací aquí, y llevo intentando sobrevivir desde que nací. Así que no te preocupes. Es muy difícil vivir en esta ciudad, hay demasiadas cosas; buenas y malas. Demasiadas cosas. Yo creo que al final todo se reduce a sobrevivir. Todo lo hacemos por sobrevivir, incluso todo lo que incluimos en esa difusa y absurda nube de cosas a las que la gente llama “vivir la vida”. Creo que solo los niños viven. Se vive hasta que empiezas a darte cuenta de cuáles son las cosas más importantes, las cosas que cimientan la existencia de uno, y te das cuenta porque te faltan, porque no las tienes. Te das cuenta de que, afortunadamente, hay muy pocas cosas importantes, y también te das cuenta de que esas cosas no son cosas en sí. A esas cosas no se las denomina cosas. Y en eso estamos todos. Conscientemente o inconscientemente, da igual. Todos tenemos eso en la cabeza. Unos huyen sin darse cuenta, y “viven la vida”, y otros se enfrentan a las cosas, sufren y sobreviven, intuyendo y descubriendo cada día y cada minuto que casi todo lo que les rodea es accesorio, y que sobrevivir no solo implica cosas negativas. Y básicamente es eso. Yo soy consciente de esto, si es que tiene algún sentido, y tú tienes cara de ser consciente también, pero seguro que en tu caso tampoco tiene sentido ─ cinco segundos de silencio ─. Dos conscientes sin sentido han llegado a King’s Cross.
Palabra de Charles Robert David Addley. No perdón, palabra de Charlie. Palabra del hígado infecto de Charlie. Palabra de la garganta chamuscada de Charlie. Palabra de las torturadas cuerdas vocales de Charlie.
"No creo que la vida sea absurda. Creo que todos estamos aquí con un gran propósito, y creo que nos estremecemos por la inmensidad del propósito por el que estamos aquí". NORMAN MAILER
─¿Has bebido mucho?
─Supongo que más de lo que se debe beber.
─¿Pero te encuentras bien?
─Sí, tranquila.
Hablaban los dos ya fuera del taxi. Habían bajado a escasos dos metros de donde vivía la chica. Eran cerca de las dos, y se sentaron en las escaleras que había antes de llegar a la puerta a fumar un cigarro. La chica no parecía muy acostumbrada a fumar, pero sí parecía disfrutarlo. Ese pequeño homenaje que uno decide hacerse a sí mismo de vez en cuando, ese homenaje que en su caso era fumarse un cigarro.
Y para Charlie fue uno de los mejores momentos de su vida. Había visto fumar a muchas chicas. Siempre decía: “Ver fumar a una chica es uno de esos momentos de los que merece la pena ser testigo, y mucho más si la única persona que acompaña a la chica mientras fuma es uno mismo”.
Charlie y Wes tenían ya gran experiencia en ese nivel de frases estúpidas. Y todo lo que tenían de estúpidas lo tenían también de sinceras.
Había visto fumar a muchas chicas. Pero ninguna como aquella chica de París. Con cada movimiento que ella hacía Charlie se iba alejando cada vez más del mundo real. El alcohol ya no intervenía, se había marchado para dejar sitio a reacciones más puras y verdaderas.
Se acabaron los dos cigarros, se levantaron, la chica sacó las llaves, y justo cuando se iba a despedir de Charlie y a darle las gracias, el soldado de pelo imposible y roto volvió a la carga con algo que en principio parecía que iba a alcanzar el premio de Mayor Acto de Torpeza de la noche.
─Bueno, supongo que tú tendrás a gente muy importante en tu vida, aunque ahora mismo no estén aquí. Pero quiero que sepas que no voy a hacer ningún esfuerzo por olvidarme de lo que ha pasado esta noche, aunque para ti no haya significado nada. Este es mi número de teléfono. Quiero que lo tengas para que tengas presente que si en cualquier momento necesitas cualquier cosa, yo estaré ahí, a unas pocas cifras de distancia. Si alguna vez te pasa algo o necesitas algo, cáete encima de mí. Solo por este rato de compañía que me has dado, solo por apenas decirme nada, solo por todo lo que sin darte cuenta has provocado en mí hoy, espero que cuando te haga falta te caigas encima de mí, porque te aseguro que yo haré todo lo imposible por amortiguar la caída. Y por favor cree en todo lo que te he dicho, y perdóname por todo lo que te he dicho.
Y no hubo más respuesta que una sonrisa perfecta y auténtica, un punto muerto, y para terminar, el que para Charlie fue el mejor abrazo de la historia.
Y Charlie se marchó caminando deprisa. No entendía por qué andaba tan deprisa. Pero no podía evitarlo.
Charlie nunca tuvo respuesta de aquella chica. Sabía que no tendría respuesta.
Pero también sabía que haría todo lo posible por no olvidarla. Sabía que nunca sabría que aquella chica se llamaba Léa. Y sabía que a partir de aquella noche retomaría una terrible y preciosa sensación que ya conocía: empezaría a echar de menos algo que jamás ha ocurrido, algo que jamás ha sido.

Hacía muy buena noche en Londres.

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martes, 19 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones V / ♫Strangers - The Kinks

Muchos días después de que empezara todo veo desde la habitación del hotel cómo brilla el sol en Jamaica.
Es un sueño cumplido. Una semana aquí, los dos. Charlie quiere batir el récord de más litros de ron bebidos en el Caribe en una semana, y creo que lo batió el primer día. Esta isla está en otro mundo en cuanto sales del recinto del hotel y conoces a un par de personas. Conoces a los surfistas, hablas con hombres de rastas grises, fumas con ellos el ‘chalice’ y sientes que estás haciendo historia.
Estas playas deben ser los pocos fragmentos del paraíso que quedan en la Tierra. Cada noche en la playa la hierba se consume y se mezcla con el ron y con el agua de coco. Y nos quedan tres días. También quedan tres días para que acabe este año. El año más raro de mi vida. No tengo ni idea de lo que está pasando en Londres. De nada que esté ocurriendo fuera de estas playas.
Hoy Londres está en otro mundo. No sé si quiero volver. Tengo que volver. Pero no sé si quiero.
Echo de menos el whisky. Sé que en Londres tengo cosas mucho más importantes pero ahora me acuerdo del whisky y lo escribo. El whisky es la bebida que más me gusta. Mi compuesto líquido favorito de todo el mundo.  Fue la primera bebida alcohólica que me gustó, y me gustó mucho. Demasiado. Tardé muy poco en darme cuenta. Llevo años enganchado. Me ha dado muchos momentos malos, y algunos buenos también. Otros que no sé si son buenos o malos, pero que sin duda son los mejores. Es una de mis pocas obsesiones. Me atrajo sin probarlo. Esa botella perfecta, cuadrada, rellena de brillos cobrizos. Y cuando lo probé todo fue a más. Solo me descubría cosas buenas. Todo en esa botella era perfecto. Y cada vez más perfecto. Hasta que un día te hace vomitar. Piensas que al día siguiente no lo querrás volver a probar, que nunca más querrás volver a ver esa botella.
Y la ves al día siguiente. Te acuerdas de todo lo malo que te dio el día anterior. Y todo vuelve a dar igual. Todo lo malo que te da, todo lo malo que te ha dado, y todo lo malo que te podría dar es mil millones de veces mejor que todo lo que otra cosa te pueda ofrecer.
Por todo eso, echo de menos las botellas de whisky de Albert. Las echo mucho de menos.
Me quedan tres días en Jamaica. Escribo delante de la ventana, y desde aquí veo a Charlie fumando en la playa.
Hemos fumado muy poco tabaco aquí. Llevamos barba de profeta. Vivimos comiendo dos veces al día.
Charlie tiene a su lado una botella a punto de acabarse. Charlie debería quedarse a vivir aquí. Aquí respira bien. Creo que Londres es demasiado gris para él.
Cuando me habla de sitios como Jamaica o Puerto Rico, sé que me habla el Charlie más auténtico. Nunca ha hablado de Londres de la misma forma que de las barras de bar del Viejo San Juan, o de los surfistas de Bull Bay.
Siempre veremos la puesta de sol de Jamaica tras una nube de humo y con la garganta congelada. El ron del Caribe brilla sobre la arena blanca.
Yo necesito que mi vida pase en Londres. Por el whisky. Porque es mi lugar perfecto para echar de menos cosas. Demasiadas cosas me atan a Londres.
Cuando me acuerdo de todas las cosas que tengo en Londres me doy cuenta de que no me quiero quedar en Londres por ninguna de esas cosas. Y por eso quiero y necesito volver. Porque no me valen las cosas que forman este paraíso. Porque no me valen las cosas que forman Londres. Porque no quiero que lo mejor de mi vida sean cosas. Porque no quiero que lo mejor de mi vida no sea una persona. Quiero que lo más importante sea un alguien, no un algo. Y por eso rezo cada día. Rezo a la nada todos los días para que lo mejor de mi vida sea una persona.
He tenido que irme hasta Jamaica, he tenido que tragar mucho humo y muchos grados de alcohol para darme cuenta de esto. Todo tiene que ocurrir en Londres; pero nunca me habría dado cuenta de esto en Londres.
Por todo esto quiero volver, y porque sé que cuando Bob dijo que todo hombre tiene derecho a decidir su propio destino, me lo decía a mí. Me lo decía susurrándome en el oído mientras viajábamos a su mundo, atravesando el humo del ‘chalice’. Me decía que las cosas no tienen por qué salir mal. Susurraba que todo saldría bien. Y yo he tenido que venir hasta Jamaica para escuchar los susurros.
Y por eso quiero volver a Londres. Por el whisky. Porque es la única botella que me gusta. Incluso cuando me hace vomitar.
─¿Cuántos litros de alcohol habremos servido en nueve meses?
─No sé. Lo suficiente como para arruinar la vida de cualquier persona.
Jet lag y mucho polvo el segundo día del año. Habían terminado el año tirados en la playa. Y unas cuantas horas después ya estaban en El Parque de Atracciones. Había mucha nieve en Londres, y las calles de Belgravia agonizaban como cada invierno. Nadie sabe qué ocurre en las noches de invierno en Londres.
Estaban limpiando el local. Preparándolo todo para encender el motor de las atracciones de nuevo. Wes estaba limpiando el baño. Limpiaba las juntas de las baldosas como si estuviese restaurando ‘El nacimiento de Venus’ de Botticelli. Pensaba en lo que pensaba el noventa por ciento del tiempo que estaba despierto. Y mientras limpiaba las baldosas se volvía a poner nervioso, y sus entrañas se envasaban al vacío mientras él imaginaba cosas. Imaginaba qué ocurriría en ese año que empezaba. Jamaica había estado bien, pero la vuelta debía ser mejor. Acabaron de limpiarlo todo y eran las once de la noche y Londres llevaba mucho tiempo durmiendo. Wes iba a salir por la puerta. Charlie seguía detrás de la barra. Wes abrió la puerta y oyó botellas chocando entre sí. Cristales chocando entre sí. Había dos vasos y una botella de Black Label nueva encima de la barra. La barra de El Parque de Atracciones solo tenía nueve meses y ya podía contar millones de historias.
Charlie quería beber. Charlie sabía que Wes también quería beber. Inmediatamente después de ver los vasos preparados para la acción sobre la madera, Wes volvió sobre sus pasos y se dejó caer en una de las banquetas.
─¿Por qué brindamos?
─Es mejor brindar por alguien. Por Albert, por ejemplo. Por Bob. Por Marcus, el camarero del hotel de Jamaica.
─Wes, tú no quieres brindar por ninguna de esas personas. ¿Marcus? ¿Bob? ¿Quieres que brindemos por el príncipe Guillermo también? Brinda por Emma, estúpido. Brinda y pide deseos en cada trago.
Y bebieron tras hacer chocar los vasos, y Wes pidió un deseo por cada trago. Y después se marcharon a sus casas, a soñar con el jet lag, y con los atardeceres infinitos de Jamaica, que nunca olvidarían a los dos soldados flacos de Londres.
Qué duro es vivir pensando que nada de lo que haces tiene sentido. Llevo ya bastante tiempo pensando que solo merece la pena luchar por una cosa. Por una persona, no por una cosa.

Creo que hay que ser muy valiente para ser feliz en invierno. El invierno te pone las depresiones en bandeja, y ni siquiera tienes que estirar el brazo. Te las entrega en mano, y después cada uno decide si las tira o no. Yo no las tiro nunca. Tengo el síndrome de Diógenes de las depresiones. Podría contar con los dedos de una mano los momentos felices de los últimos tres inviernos. Queda claro que no soy valiente. Nunca lo he sido. Sí, en realidad sí que lo he sido. Pero hace mucho tiempo. Y siempre en verano. En verano es más fácil ser valiente. Dentro de una hora El Parque de Atracciones vuelve a abrir. Tercer día de enero. Tercer día en Londres.

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domingo, 17 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones IV / ♫I Bet You Look Good On The Dancefloor - Arctic Monkeys

Todavía hace frío, pero ya dentro de pocos días empezará la primavera. 
El verde borra el gris poco a poco.
Desde que se levantó a las dos de la tarde, hasta que se marchó a la calle, Wesley no tocó el diario que le había regalado Albert. Ni siquiera lo miró. Sabía que la noche anterior había escrito algo, pero no lo recordaba. No quería recordarlo.
Aunque sabía que tarde o temprano le vencería la tentación y lo leería.
Wes bajó a la calle sabiendo que el diario se había quedado abierto sobre la mesa de su habitación. Salió a la calle y al darse la vuelta después de cerrar la puerta con llave, vio a Charlie sentado en el techo del coche del señor Atkinson, fumando. Sí, en el techo del coche.
¿Has dormido bien soldado?
Sí, todo correcto.
Wes todavía tenía la voz ronca de la noche anterior, pero Charlie le sacó media sonrisa solo con saludarle. Todo era culpa del humo, de los líquidos incandescentes y del frío. Wes no era consciente de que había convertido todo eso en rutina. Era consciente de que le gustaba, de que no sobreviviría mucho si pensase en seguir con esa vida a largo plazo. Aunque muy pocas veces pensaba en lo segundo.
Ese es uno de los coches del señor Atkinson. Y tú has osado sentarte encima.
También me siento encima de los coches del señor Addley. Me siento encima de muchos coches siempre con el tono irónico que ellos mismos habían inventado . Sentarme a fumar encima de los coches que hay aparcados por aquí es la mejor metáfora que se me ha ocurrido nunca. Porque el tabaco es mi mejor laxante.
Es una metáfora preciosa, soldado Charlie. Aunque seguro que a Byron no le gustaría.
Sí. Por eso no volveremos a vagar tan tarde en la noche, aunque el corazón siga latiendo…
... y la luna conserve el mismo brillo.
Charlie bajó del techo del coche y emprendieron su camino hacia el bar de Albert, el ‘Epsom Straight’. La recta final del hipódromo de Epsom era también la recta final de cada día y de cada noche..
Wes no paraba de preguntarse qué habría escrito la noche anterior. No era capaz de adivinar cuál sería la cantidad exacta de tonterías que habría escritas en aquel papel.
Ayer Emma no estaba en el teatro.
Lo sé.
¿Te importó?
Eso no lo sé.
Ya.
Caminaban despacio. Nunca tenían prisa. Debían ser las dos únicas personas de Londres que nunca tenían prisa.
Deberíamos irnos a Cuba o a Puerto Rico. O a Jamaica.
Yo creo que primero deberíamos hacer algo aquí.
Hacer algo aquí. Pásame un cigarro y explícame eso.
Tenemos que hacer algo. Deberíamos aportar algo. A nuestra manera. Tenemos todas las facilidades del mundo y tenemos que aprovecharlas de una vez. Está muy bien todo esto que hacemos, esto que para todo el mundo se reduce a no hacer nada y a vivir del cuento para mí significa mucho, pero hay que hacer algo más. Hay que conseguir que haya gente que sepa que existamos. Y el paso siguiente será conseguir que la gente quiera que existamos.
¿Has dormido bien?
Sí… Eh… ¿has escuchado lo que te he dicho?
Claro que te he escuchado, pero me preocupa saber si el soldado Atkinson ha dormido bien.
Sí, sorprendentemente sí.
Me parece bien eso que dices de hacer algo más. Y creo que sé lo que podemos hacer.
¿Lo dices en serio?
Sí. Bueno, no es precisamente serio, pero es una idea. Es un bar.
Un bar.
Sí joder, abrimos un bar.
A Wes le había encantado la idea de Charlie, pero se quedó un rato en silencio para crear suspense y que el soldado de pelo imposible se pusiera nervioso. Wes fumaba lento y andaba con la mano izquierda metida en el bolsillo de la gabardina, jugando con los tres comprimidos de hidroxicina que llevaba siempre encima.
Bueno, ¿qué dices?
Caminaba mirando al suelo, Charlie le miraba expectante. Wes no levantó la cabeza, pero sí la mirada, y también esa sonrisa absurda que sale a flote cuando algo te ilusiona.
Que tenemos que empezar a buscar local.
Charlie ya sabía que la sonrisa absurda de Wes escondía un “SÍ” gritado en silencio.
¡Buenas tardes muchachos!
¡Buenas tardes coronel!
Los viejos de siempre ocupando las mesas de siempre en el ‘Epsom Straight’. Las mismas banquetas ocupadas por los mismos cuarentones recién salidos del trabajo.
Albert era irlandés, y lo sigue siendo. Cuando los chicos le presentaban a alguien en el bar siempre le anunciaban como el “coronel Albert O’Brien, propietario del Epsom Straight y fiel e irlandés defensor de Su Majestad la Reina Isabel II”, y no hubo una sola ocasión en los últimos años en la que Albert no añadiese: “si el Señor me lo permite, seguiré siendo el mismo mañana”. Aquella tarde Albert estaba contento.
¿Dónde acabó ayer la noche?
En la puerta del teatro. En el banco que hay frente a la puerta del teatro.
¿Y pasó algo?
Nada, estuvimos un rato ahí, esperando a que se abrieran las puertas. Se abrieron y no salió nadie. No salió nadie. ¿Verdad, Wes?
Wes ya había empezado a beber y a fumar. Ya estaba sentado en la barra escuchando con gesto firme a Charlie y a Albert. Su mirada se perdía en los brillos que plagaban la barra de madera del Epsom Straight. Y contestó a Charlie.
No, no salió nadie.
Y después, un paseo hasta casa. Y a soñar. Voy un momento al baño.
Charlie desaparece de la escena y Albert se queda con Wes, que da un trago a la pinta que hacía guardia sobre la madera, entre el coronel Albert y él.
Apenas dormí anoche. Me puse a escribir en el cuaderno que me diste. Y no he leído lo que puse. No me acuerdo. Y me da pánico volver a casa y leerlo.
Pues pasa la página.
Pero al mismo tiempo me muero de ganas de leerlo.
Pues entonces léelo, muchacho. No te hará daño. Si lo haces bien, tu diario se convertirá en tu espejo. Lo que veas escrito acabará siendo lo que eres.
Seguro que lo leeré. Ahora cuando venga Charlie tenemos que contarte algo.
Y suena la cisterna, y cinco segundos después, el soldado de melena imposible vuelve a escena.
Charlie, ¿qué tenemos que contarle a Albert?
El Parque de Atracciones.
¿Qué significa eso?
No lo sé pero es el nombre que he pensado.
Cuando les escuchaba hablar de algo que él desconocía, Albert nunca pensaba en algo bueno.
Albert, Wesley y yo hemos pensado en abrir un bar.
Albert tardó en reaccionar. Parecía que no había escuchado lo que Charlie acababa de decir.
Si esto es una despedida, ya sabéis lo que hay: tened cuidado, pedid perdón y dad las gracias. Siempre.
Y abrió el grifo de cerveza. Albert interpretaba que los dos jóvenes habían decidido empezar una nueva vida. Borrar todo lo que había ocurrido antes de ese día. Pero no era así. Ellos no eran conscientes, pero Albert era uno de los motivos por los que su vida merecía ser vivida.
Albert esto no es una despedida. El bar abrirá por las noches, y nosotros seguiremos viniendo aquí.
Será la primera vez en vuestra vida que tendréis responsabilidades.
Sí pero tenemos ganas. Yo tengo ganas. Y Wes no dice nada, pero las ganas le están matando.
Si nos sale bien, creo que es lo mejor que habremos hecho nunca.
Bien. Me gusta que hagáis esto. Me gusta que hagáis cosas. No sabéis lo triste que es encontrarse a gente demasiado adulta arrepintiéndose de todo lo que no hicieron cuando deberían haberlo hecho.
Queremos que la gente quiera que existamos. Wesley lo ha dicho antes.
En realidad yo quiero mucho más que eso. Pero hay que partir con esa máxima.
Wes nunca supo realmente por qué aceptó la propuesta de Charlie. No quería que su vida girase en torno a un bar. Ya lo había hecho durante toda su adolescencia, y no hay duda de que si a Wes le ofreciesen volver atrás en el tiempo y revivir todo lo que ocurrió desde que tenía doce años hasta esa tarde de marzo, únicamente soltaría un ‘no’. Un ‘no’ cargado de asco y de miedo. Wes necesitaba aprender a distraerse. Aprender a fracasar. Y montar un bar era bueno para las dos cosas. Más para la segunda que para la primera, porque Wes no quería distraerse. No quería tener la sensación de estar perdiendo el tiempo. Ya conocía esa sensación. La conocía muy bien. Demasiado bien.
¿Has dicho ‘El parque de atracciones’?
Y por dentro será como un club de caballeros abandonado.
Y encima de la puerta las letras hechas con neones rojos. Rojo prostitución.
Y una barra de madera como esta.
Y whisky escocés. Mucho whisky. Cascadas de whisky escocés. De los grifos de los baños saldrá whisky escocés.
Ya habían vaciado una botella. Eran las seis de la tarde.
Soldados, les informo de que los dueños de los locales no deben consumir bebidas alcohólicas mientras están de servicio.
Frenaron las fantasías. Wes miró a Charlie. Charlie miró a Wes. Era demasiado pronto como para parpadear tan rápido y para tambalearse tanto. Pero aún así Charlie se atrevió a contestar al viejo y sonriente Coronel O’ Brien.
¿Qué cuando tengamos el bar no podremos beber?
Eso es, soldado Addley.
Bien pues… Wes, ya sabemos cuál es la primera norma: “En ‘El Parque de Atracciones’, los propietarios SÍ podrán consumir bebidas alcohólicas, siempre que sea con fines terapéuticos’.
Sonrisas cómplices la de Albert y la de Wesley tras escuchar las estupideces que soltaba Charlie, que hundía las manos en su pelo como si buscara un tesoro escondido. Albert estaba orgulloso.


Pues no les diré nada más, soldados. Simplemente disfruten de su terapia.

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jueves, 14 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones III / ♫Pólvora - Leiva

Mi abuelo se llama Christopher. Yo me llamo Christopher por él. Wesley John Christopher. Joder, esto es ridículo. Estoy haciendo esto porque Albert me dijo el otro día que empezase un diario. Porque yo le había estado contando que necesitaba ordenar mis ideas. Ordenar mis pensamientos y mis sentimientos. Entonces Albert me dijo que escribiese. Cuando se me apareciesen los fantasmas. Mejor dicho, cuando me atacasen. Cuando me violasen. Hoy me lo ha vuelto a recordar y hoy empiezo.
Es tarde. Estoy un poco borracho pero necesito hablar. Acabo de llegar del teatro. Charlie me ha acompañado hasta la puerta. No sé si él habrá llegado ya. Supongo que sí. Charlie no me preocupa. Nunca me ha preocupado. Llevamos toda la vida juntos, y cada vez que ha ocurrido algo malo, lo ha tratado de una forma que no te permite pensar en palabras como angustia o miedo. Él se encarga de todo. Todo saldrá bien. Siempre. No hemos visto a Emma salir del teatro. Yo sabía que no iba a estar. No sé si ver una peli. Hemos visto caras conocidas pero ninguna merece ser nombrada. Son monstruos sectarios. Solo se relacionan entre sí. Nuestros padres viven en esa mierda. Crecieron viendo cómo nuestros abuelos vivían en esa mierda. Estoy un poco borracho pero necesito hablar y parece que no quiero. Tengo sueño. Emma no estaba en el teatro. Estará durmiendo. Son casi las cuatro de la mañana. No sé qué me pasa. Si fuese cualquier otra persona creo que diría que estoy deprimido. Pero no, no estoy deprimido. No me lo puedo permitir. Tengo que hacer algo. Esto no sirve para nada. Creo que al final  voy a contar quién soy. Albert me dio este cuaderno el día que me dijo que empezase a escribir. Y ya llevo casi una hoja. Es pequeño.
Me llamo Wesley John Christopher Atkinson. Crecí en Belgravia, Londres. Vivo en Belgravia, Londres. Y creo que esa es una de las peores cosas que se pueden decir de mí. Vivo en la misma casa desde que nací.  No soy muy alto. No creo que esté muy por debajo de la media británica. No sé qué más puedo decir. Me gusta beber. Me gusta demasiado. También me gusta fumar. Soy un simple. Me gusta el fútbol, la ropa buena, las carreras de caballos, el whisky, y el buen whisky para mis cumpleaños. Me he ganado muy pocas de las cosas de las que disfruto. Casi nada. Vengo de una familia cuya única preocupación relacionada con el dinero era, y es, dar con la forma de ganar mucho más. Nunca era suficiente. Acumular y asegurar para evitar desastres. Nunca hubo desastres, aunque sí hubo errores. Nunca he admirado a mi padre. Vivo como vivo gracias a él, pero no siento que le deba nada. A veces pienso que ni siquiera merece mi respeto. No le necesito. Solo quiero su dinero. No me importa decirlo. Yo necesito humanos. Humanos como Albert. Humanos como Charlie. Emma no ha ido al teatro esta noche.
Estoy sentado en la mesa de mi habitación. Y soy un niñato de Londres, que se acerca poco a poco al alcoholismo, y que tiene veinte años. Un niñato al que le pesa demasiado de dónde viene, y que no sabe a dónde va.
Se duermen mis brazos y mis piernas. Y yo me duermo poco a poco. Miro el reloj y marca las seis menos cuarto.
Sin darme cuenta me acuerdo del viejo Albert. Charlie y yo somos sus soldados, y él es nuestro coronel. Su anciana sonrisa alegra mis días.
Pienso en Albert. Después pienso en Charlie. Y después pienso en Emma.

Y entonces me duermo, esperando el sueño perfecto.

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domingo, 10 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones II / ♫Scars - James Bay

Charlie, estás nervioso. Estás ansioso por algo que no existe ni existirá nunca. Te pica la espalda, como si un ejército de hormigas la estuviese recorriendo a cámara lenta. Pero no te preocupes porque en un segundo te despertarás.
Ya estás despierto. Hoy hace sol en Londres. Como siempre, la calle respira en silencio y tú no tienes nada que hacer. No sabes qué hora es. No necesitas saberlo pero lo miras. Lo miras para quedarte tranquilo. Y ahora irás a desayunar. Tu mente está dormida pero tu corazón va a mil por hora. Más de doscientas por minuto.
Nervios, que conservan esa delgadez de fondista fracasado.
Charlie, tú dices desde hace mucho tiempo que un desayuno no es un desayuno si tiene una gradación de menos de cinco. Todo un ejemplo para los niños. Tú dices que te gusta más ver a una chica fumando que ver a una chica desnuda, y que lo que más te gusta del mundo son las chicas que fuman desnudas. Tú eres ese chico que sale de su casa después del mediodía y no vuelve hasta la mañana siguiente. Ese que ni se peina ni se corta el pelo desde que tenía diecisiete años. Ahora tienes veinte y el volumen de tu pelo duplica el de tu cráneo. Tus padres te registraron con el nombre de Charles Robert David Addley.
Charlie, estás nervioso. Llevas mucho tiempo nervioso porque sabes que el dinero que rebosa en las cuentas de tu familia no va a construir tu vida. Seguirás bebiendo y fumando cada día hasta que desaparezcas. Hasta que te consumas como la ceniza de tus cigarros Dunhill.
No estás triste pero nunca sonríes cuando estás solo. No eres mala persona. Sigues en el camino, pero andas por el borde, haciendo equilibrios para no caer al más profundo y putrefacto abismo. Caminas por el arcén, a punto de ser atropellado.
Pero no estás triste. Nunca estás triste. Nadie dirá nunca:”Charlie está enfadado”.
Charlie, te han hecho creer que deberías cambiar. Pero a ti te gusta cómo eres.  A mucha gente le gusta cómo eres. Nunca te has parado a pensar nada de esto, pero al mismo tiempo todo esto está en tu cabeza, en una extraña sala de espera que nunca ha sido abierta.
Tú no eres Charles Robert David Addley. Eres Charlie.
A Charlie le gusta atarse sus zapatillas viejas y acariciarlas, le gusta enredarse el pelo y crear el caos sobre su cabeza. Le gusta hacer el playback de los grandes éxitos de Queen delante del espejo del baño. Le gusta desayunar en McDonald’s. Le gusta llevar cigarros detrás de la oreja. Le gusta fumar hierba los fines de semana. Le gusta jugar al fútbol.


Tú eres eso, Charlie. Eres eso y mucho más. Y puedes ser mucho más, aunque tú no lo sepas. Pero estás nervioso. Por lo que pueda pasar dentro de cinco años. Por lo que pueda pasar dentro de cinco minutos. Esperas que ocurra algo, pero no sabes que lo estás esperando. Ahora, venga, desayuna y dúchate.



El Parque de Atracciones I, aquí.

viernes, 1 de mayo de 2015

El Parque de Atracciones I / ♫England - The National

Aquí las chicas no llevan pendientes.
─No.
─Llevan tatuajes en los tobillos.
─Sí.
─Llevan las gafas de sol de sus madres.
─Sí. Las que sus madres llevaban cuando eran como son ellas ahora.
-¿Y cómo son ellas?
─Putamente perfectas. Simplemente caminando ya son perfectas.
Y bebieron el último trago.
─Wes, ¿sabes una cosa?
─¿Qué?
─El bar lleva una hora vacío. No hay ni tatuajes en los tobillos ni gafas de sol.
Y empezaron a reírse a gritos. Y la botella de escocés que habían vaciado entre los dos aquella noche se reía de ellos, mientras la etiqueta negra, empapada, se despegaba poco a poco. Pararon de reír y siguió el guion surrealista.
─No hay nadie, pero nuestro querido y viejo Albert sigue aquí, ¿verdad, Albert?
─Nosotros asesinamos neuronas aquí cada día y él nunca nos habla mientras tanto.
Albert tenía ya muchos años. Era el dueño del local más antiguo de la calle. Trabajaba allí desde los catorce años.
─No sabéis lo que hacéis.
─Lo sabemos demasiado bien, y tú también lo sabes.
─A nadie en esta ciudad le sienta mejor el alcohol que a Wes y a mí. No hay nadie en Londres que sepa beber tan bien como nosotros.
─¿Eso lo dices porque nunca os dejáis nada en ninguna copa, no?
─Nunca hay que despreciar la última gota, Albert.
Albert adoraba a aquellos dos chicos. Para ellos, Albert llevaba mucho tiempo siendo su segundo padre. A veces incluso el primero. Ya iba a cerrar el bar, hasta el día siguiente a las siete de la mañana.
─¿Y dónde vais ahora, soldados?
─Al Teatro de Su Condenada y Muy Puta Majestad, a la salida.
─Tenemos cosas que hacer.
Charlie se hacía el interesante y Albert ponía una cara que mezclaba cansancio y preocupación. Albert era uno de los pocos ancianos del mundo que, con más de ochenta años, todavía era capaz de entender a los jóvenes, capaz de entender lo que significa ser joven.
─Bien, pues tened cuidado, pedid perdón y dad las gracias. Siempre.
Y se marchaba siempre tras decir esa frase, y tras hacer, al despedirse su gesto más característico. Su tímido saludo militar. Su tímido saludo de visera mientras se daba la vuelta, llevando los dedos índice y corazón a la sien.
Lo único malo que Albert había traído a las vidas de aquellos dos especímenes malcriados en Belgravia era el tabaco Dunhill y el alcohol. Albert vivía en un piso pequeño en el primer portal que había al doblar la esquina a la derecha, a apenas veinte metros de su bar. Mientras se iban oyeron cómo Albert metía las llaves en la cerradura, y cómo cerraba de un portazo la enorme puerta de madera de su casa.
Los dos chicos se fueron en la otra dirección. El teatro no estaba lejos, a unos veinte minutos andando.
Después de vaciar una botella de escocés serían treinta minutos. Seguramente dos horas.
─¿Quién ha ido hoy al teatro?
─No sé. Nadie.
─Nadie.
─Monstruos de la City paseando a sus mujeres y maduritos recién salidos del paro, aspirantes a pseudointelectuales. Alguna vieja loca y amargada que venga cada semana. Nadie.
─Nadie. ¿Incluyes a Emma en ese grupo?
─No, hoy seguro que no ha ido. O puede que sí.
─Emma sería la hija encantadora y ejemplar de uno de los monstruos de la City, ¿no?
─Sí, supongo.
Cada vez que alguien nombraba a Emma, la sensación era la de tener el corazón latiendo a toda velocidad mientras baja por el esófago hasta el estómago.
Charlie se puso un cigarro en la boca, y antes de que se diese cuenta, Wes ya le había puesto el fuego en la cara. Charlie encendió el cigarro, y Wes se encendió uno para él. Charlie vio una botella de Smirnoff apoyada en una farola. Quedaban cuatro dedos. Se agachó, la cogió, le dio un trago y escupió, sacando la lengua mientras sufría en su estómago los treinta y siete grados de aquel líquido diabólico.
─Dios, estoy enfermo.
Wes le miró, le quitó la botella de las manos, le dio un trago y su cuerpo no respondió. Su voz nunca temblaba cuando se mezclaba con el alcohol. Sus órganos tampoco temblaban.
─Los enfermos por beber alcohol son alcohólicos. Los alcohólicos empiezan a ser alcohólicos cuando beben solos. Si yo bebo de tu botella ya no estás bebiendo solo. Ergo no eres alcohólico. Ergo no estás enfermo, imbécil.
Charlie se quedó mirándolo, se paró en seco, todavía con la garganta incandescente, y sonrió. Seguían caminando, Wes miraba perdido al frente, y se paró al ver que no tenía a Charlie al lado. Se giró. Y también le miró.
─Hay alcohólicos que beben con otros alcohólicos.
─Da igual, el primer síntoma de la alcoholemia es admitir que la sufres. Mientras no lo admitas, no hay problema.
─Deberías dar charlas en colegios, o mejor en hospitales. Es difícil decir tantas estupideces en tan poco tiempo.
─Sí. Mañana, por suerte, todo lo que estoy diciendo habrá desaparecido.
─¡Entre los adoquines del viejo Londres, que brillan como placas de oro a la luz de las farolas!
Seguían andando hacia el teatro.
─Poesía barata.
─Épica contemporánea.
─Épica contemporánea barata.
─No sabes lo que dices.
─No, yo no, pero allí, detrás de los contenedores, te espera el fantasma de Lord Byron para vomitarte en la cara por haberle intoxicado los oídos con ese verso podrido.
Wes ‘el Sentencioso’ y Charlie ‘el Resignado’ pasean de madrugada por las calles de Londres. (National Gallery, Londres)
─Deberíamos morirnos y resucitar dentro de un rato.

Wes terminó la botella de Smirnoff de un trago. Se metió un caramelo de menta en la boca. Charlie andaba temblando. Hacía frío. Los huesos de sus piernas parecían encajarse y desencajarse a cada paso. Los dedos que sujetaban su cigarro se congelaban poco a poco. El teatro ya estaba muy cerca y Emma no estaba en el teatro. Emma dormía mientras los dos soldados reptaban hasta el banco que había delante del Teatro de Su Majestad. Y cuando llegaron encendieron un cigarro cada uno.