martes, 9 de julio de 2013

Una historia de verano


Su pelo llegaba a acariciar el final de su espalda. Su pelo era muy rubio, y en verano solo llevaba ropa blanca. En verano era un ángel. Tenía la piel machacada por el sol, desafiando al melanoma que acechaba cada día. Aunque allí el sol nunca fue mortal y nunca lo sería.

Se sentaba en el alféizar de la ventana todas las tardes, esperando que lloviera para mojarse los pies. Pero en verano llovía menos, por eso sus pies acababan secos casi todos los días.

Ahora está sentada en el alféizar de la ventana, y mira el jardín que está detrás de la casa. Simplemente está pasando el rato. Disfrutaba mucho del silencio que había en ese momento. Tocaba con los talones los ladrillos viejos, ásperos y duros. Veía cómo seguían cayendo gotas, restos de la tormenta de la noche pasada, desde las últimas hojas de la hiedra que cubría la parte posterior de la casa. Jamás lo había pensado, pero en ese instante se dio cuenta de que las ramas del majestuoso olmo que ocupaba el centro del jardín pasaban muy cerca de la casa, llegaban algunas a acariciar las paredes, e incluso algunas hojas minúsculas se colaban por las ventanas.

Camina ya por las rugosas ramas de aquel monstruo vegetal, y quiere llegar lo más alto posible. Lo intenta de mil formas diferentes, siente cómo la corteza se clava en las plantas de los pies, y le gusta. El árbol comienza a ser más inestable, pero ella continúa subiendo.

Y por fin posa sus pequeños pies en la rama que le permite sacar la cabeza fuera de aquella galaxia de hojas y madera.

Durante un par de segundos le molesta la luz en los ojos.

Sacar la cabeza entre las hojas y contemplar esa maravillosa ciudad era como cruzar las puertas del cielo.
Conocía la ciudad pero aún así estuvo un buen rato mirando, y no encontró nada que mereciese ser mirado más de dos segundos.

A través de las ventanas se puede ver la naturaleza más pura y real de las personas, que no son conscientes de que la intimidad termina cuando retiras las cortinas. Detrás de las ventanas ocurren cosas muy interesantes. Son películas que duran eternamente. Grabadas en plano fijo.

Nada lucía de forma interesante cuando la chica sin zapatos se asomó por la copa del árbol en busca de algo digno de ser observado.

Las ciudades grandes son fascinantes no por sus grandes monumentos, sus plazas faraónicas o sus jardines imperiales, sino por los pequeños detalles. Las pequeñas cosas. Y la chica del vestido blanco encontró una pequeña cosa en una de las pequeñas ventanas que subrayaban la jungla de chimeneas que había en los tejados grises. Encontró un señor mayor tirando papeles a la calle. Todos los papeles que arrojaba parecían tener algo escrito.

Era fácil en aquel momento del día llevar la cuenta de las personas que caminaban por esas calles.

Seguía tirando papeles. Sacó incluso un cajón lleno de pequeños trozos de papel, todos ellos del tamaño de un paquete de tabaco, y también repletos de palabras, y los lanzó a la calle de una vez, como si estuviese defendiendo la muralla de Jerusalén lanzando calderos de aceite a los árabes. Lanzaba papeles de forma obsesiva. Miles y miles de pequeños textos.

Se preguntó inmediatamente qué pondría en todos esos papeles. Quién sería aquel hombre. Entonces bajó del árbol y salió a buscarlos.
J. L. M.

lunes, 8 de julio de 2013

Cae el telón

   Último acto. Odette corre desesperada al lago. El engaño de Rothbart ha sido descubierto. Por el pasillo, Mrs. Beckett avanza llamando a las puertas de los residentes rezagados; es la hora del desayuno. En el escenario del descomunal teatro Bolshói Odette llora desconsolada ante sus amigas cisnes la pérdida de Sigfrido. Pronto, muy pronto, se sumergirá en el éxtasis de la muerte y en las mareas de aplausos. Clap, clap, clap. Toc, toc, toc. “Alfred, ha vuelto usted a quedarse dormido. Dese prisa o no llegará a probar la mermelada”. El teatro entero contiene la respiración, acaba de entrar Sigfrido, pero nadie le presta atención. Han venido a verla a ella, a Margaret Lavish. “Buenos días Laura, ¿Has visto a Maggie?”. “Buenos días Mrs. Beckett. No, creo que sigue dormida”. Resulta maravilloso contemplar cómo se mece en el aire, apenas sin esfuerzo, como si no existiera la gravedad. Veintiún años, la primera bailarina más joven de la historia del Bolshói y, sin duda, la mejor; capaz de atrapar a unos espectadores desprevenido con sus giros y atraerlos hacia ella, hacia las inmensas profundidades del ballet, de las que ya no podrán escapar mientras vivan, aunque no sean capaces de darse cuenta. Tan sólo veintiún años. “Arriba Robert. Ya no tiene usted edad para quedarse durmiendo hasta tan tarde”. “Cuando uno llega a los ochentaisiete, como yo, debería poder quedarse en la cama hasta la hora que le dé la gana”. “No mientras yo mande aquí. Venga abajo sin rechistar, perezoso, que sólo quedan usted y Maggie por bajar a desayunar”. “¿Con esta cadera pretende que baje yo sólo todas esas escaleras, hija? ¡Ay, señor! Con lo que han aguantado estos pobres huesos y míreme ahora donde estoy. Desde aquella cornada no he vuelto a ser el mismo. ¿Le he contado alguna vez, Mrs. Beckett, que toreé en la Monumental con tan sólo diecinueve años?” “Muchas veces, Robert. ¿Qué le parece si le ayudo a bajar al comedor mientras me lo cuenta otra vez?” Nuevamente Rothbart ha roto la escena. Ella no puede, pese a las veces que ha representado aquella escena, contener un escalofrío. Se acerca una lucha sin esperanza. Una lucha muda y agónica, orquestada por los músicos del foso, que tejerán el monstruoso lazo que habrá de llevar a los dos amantes al suicidio, conduciéndolos con su cruel melodía hacia las profundidades del lago, como la escalera central conduce a Robert y a Mrs. Becket al comedor. “Cerraba la tarde Manolete, pero yo fui el gran triunfador ese día. ¿Puede creerlo? Tan sólo diecinueve años y hacerle sombra al gran Manolete. Yo, un muchacho extranjero, eclipsar al maestro”. Y de espaldas al escenario, como negándose a presenciar el brutal momento, el maestro, el hombre que, ajeno a la desgarradoramente armónica lucha, dirige el destino de los dos amantes. Él también fue una joven celebridad, como ella. Contaba con apenas veinticuatro años cuando fue nombrado director de orquesta del Bolshói. Impasible, el joven maestro Igor Limónov, el otro Sigfrido, el de más allá del teatro, conduce a su querida Odette a la desesperación. En el último instante, no puede evitar que su batuta tiemble de forma casi imperceptible, como un conato de rebeldía contra el terrible destino que les aguarda a su Odette y al otro Sigfrido. Pero nada puede detener lo inevitable y los dos jóvenes entran finalmente en el lago, a donde son arrastrados por la indolente melodía, predispuesta desde el principio a dejarse arrastrar por la muerte. Abajo, los ancianos se quedan sin aliento, expectantes, como cada vez que Mrs. Beckett entra por la puerta principal del comedor. Ella avanza agarrada al brazo de Robert con una sonrisa tranquilizadora. Cuando abandona el comedor, tras dejar en su sitio a Mr. Brown, todos respiran aliviados. En su mente, como en la de Mrs. Beckett permanece, como grabada a fuego, la última vez que entró por la puerta principal durante el desayuno, dos meses atrás. “El señor Limónov no ha logrado superar su derrame. Esta es una gran pérdida para todos, especialmente para Maggie, que acaba de salir para velarlo. Es probable que durante los próximos días, la residencia se encuentre más ajetreada de lo normal. Muchos querrán venir a dar su apoyo a Maggie, por su pérdida. No sólo familiares y amigos, también admiradores e incluso la  prensa. Confío en que todos podáis llevar esta situación lo mejor posible y, sobre todo, que mostréis a Maggie vuestro más sincero apoyo y demostremos el cariño que le tenemos y que le hemos tenido tanto a ella como a Igor”. Esas fueron sus palabras, insuficientes, desapasionadas. Una pasión estática toma el teatro cuando el malvado Rothbart muere, víctima del sacrificio de amor de los dos jóvenes. “Miro a la muerte a la cara” cuenta Robert a sus compañeros de mesa. “El descomunal morlaco se para frente a mí con sus grandes ojos clavados en los míos”. Los demás cisnes se ven de pronto liberados de su hechizo, como si la música tejida por el maestro Limónov los despertase de un profundo sueño. “Habíamos estado jugando al ratón y al gato, pero ambos sabíamos que ese era el momento definitivo. Más que toreando, parecía que hubiésemos estado bailando. Qué elegancia, que frenesí. Pero el baile había acabado, llegaba la hora de la verdad y, por el rabillo del ojo, veía ya asomar la punta de los pañuelos. Toda la plaza estaba entregada”. El público se inclina inconscientemente hacia el escenario. Presienten un final que no quieren que llegue. “Es el final. Hombre y toro frente a frente. El tiempo se detiene”. Mrs. Beckett sube las escaleras, mientras comienza sentir la tenue música que toma los pasillos silenciosos. Igor contiene la orquesta, forcejea con la música, pretende detenerla, cortarla con su batuta como si fuese un cuchillo. Teme el final, verlos saludar juntos, sonrientes. Él es Sigfrido, pero el otro no lo sabe. El otro ha muerto, se ha sumergido en el lago con Odette. No debería salir jamás de esas aguas. La música viene del fondo del pasillo, del cuarto de Maggie. “Picarona” piensa Mrs. Beckett, “yo creyendo que duerme y resulta que sólo está soñando despierta, recordando tiempos mejores”. Hebert y frank, los compañeros de Robert, esperan impacientes el final de una historia que ya saben, pero que sigue fascinándoles. El público se inquieta, se asoma al final y le horroriza abandonar la mágica calidez del teatro, de los giros de la gran Margaret Lavish. Nadie osa moverse. “No se oía un alma, todos esperaban la estocada final”. Ha llegado a la puerta del fondo; alarga la mano. “Agarro con firmeza mi capote. Adelanto el pie. El morlaco espera”. Igor saborea los últimos acordes. En el escenario, Odette realiza los últimos pasos, de una belleza sobrecogedora. Toc, toc, toc. “Maggie, la hora del desayuno”. “La tela del capote se agita”. Igor levanta la batuta, dispuesto para el último golpe. “Alzo el estoque mientras el animal comienza a avanzar”. Mrs. Beckett gira el pomo. Cae la batuta, la música coge impulso. “Siento como el acero se clava en el negro lomo, rasgando los músculos”. El último paso, levanta la pierna. “No eran sus músculos, eran los míos”. El pie, enfundado en sus zapatillas blancas de ballet pierde el punto de apoyo. “He puesto el pie dos centímetros adelantado”. Un golpe de muñeca y la melodía estalla. Odette tropieza en el preciso momento en que Mrs. Beckett abre la puerta. “El asta me atraviesa el costado”. En su caída, la cabeza con su tocado de plumas encuentra la mesilla. En el comedor nadie escucha el grito de Mrs. Beckett ni la cabeza inerte de Maggie Lavish golpear el suelo de su habitación, pues Hebert y Frank aplauden con entusiasmo el fin de la historia de Robert. El público del Bolshói enloquece, se deshace en aplausos. La gran Margaret Lavish, la más joven primera bailarina del ballet ruso, saluda. Más allá del escenario la espera Igor, su Sigfrido. El telón cae.

A.S.V.

sábado, 6 de julio de 2013

Estramonio


-Imagina que nunca recordaré cómo llegué a ese lugar. El suelo estaba húmedo y cubierto de hojas quemadas que se clavaban en mis pies hasta que recibí un golpe detrás de la rodilla y caí. Noté cómo se enfriaba mi rodilla izquierda. Seguramente el suelo punzante habría rasgado la piel. Me vino a la cabeza durante un par de segundos la imagen de los insectos más repugnantes y putrefactos que habitan la Tierra entrando en mi cuerpo a través de aquella pequeña herida, que parecía ser el inicio de la praxis, cobrando esta palabra su sentido más físico y visceral. Arrodillado frente a una hoguera de la que salían volando rostros de mujeres preciosas, noté cómo un dedo áspero y grueso empezaba a tocarme la espalda. Parecía estar dibujando, con un líquido de color negro. Oler aquel líquido era como oler la sangre de tres millones de ratas muertas hace cien años, mientras está siendo vertida a por tu espalda. Sabía que era negro porque caían gotas desde mis hombros hasta cubrir el pecho. Al otro lado de la hoguera se podía ver una figura humana que llevaba muchos años esquivando la muerte. Se movía despacio. Sus rasgos faciales habían desaparecido entre surcos torcidos. Solo se distinguían los ojos rojos, incandescentes y hundidos, que me miraban sin apenas parpadear, y que brillaban diabólicamente tras la hoguera. Rodeó el fuego y se puso delante de mí. Era un ser de muy baja estatura. Yo estaba de rodillas y no tuve que levantar la mirada para ver esos ojos por los cuales seguramente me miraba algo. Algo. Seguramente desde el más oscuro de los infiernos. El dedo áspero seguía moviéndose por mi espalda, cubierta casi por completo por aquel líquido que empezaba a formar costras en mis hombros y en cada vértebra. Quedarían todas perfectamente marcadas con pintura negra y seca, como si se tratase de la piel del cocodrilo o de una armadura oxidada. El dedo dejó de pintar. A mí se me caía la mandíbula. No tenía fuerzas para morir. Solo era consciente de que me habían drogado. Estaba seguro. No estaba en mí. Mis ojos estaban casi en el suelo, mi cabeza se balanceaba, pero mi mente estaba a cinco mil metros sobre las hojas quemadas, y también estaba  cinco mil metros, o cinco mil millones de metros, por debajo de las hojas quemadas, moviéndose a toda velocidad mientras mi cuerpo maniatado parecía haber sido inmovilizado por el vapor de agua que flotaba en el claro de aquel bosque de troncos negros y hojas verdes y grandes. Las hojas más verdes del mundo. Y de repente empezó a oler a agua de coco. Los párpados me pesaban y cubrían mis ojos. Había dos cuerdas enganchadas a mis párpados con dos ganchos de hierro, y en el otro extremo las cuerdas estaban enterradas en el suelo, a gran profundidad. La sensación que tenía era que yo intentaba levantar el suelo con los párpados, y estos cubrían mis ojos en contra de mi voluntad. Olía mucho más a agua de coco y ya con los ojos prácticamente cerrados pude ver el agua en un gran recipiente de madera. El pequeño ser de cara surcada, que para mí había desaparecido por completo, al igual que el resto de siluetas que antes había identificado alrededor de la hoguera, se acercó a mí, y para devolverme al mundo, a su mundo, al mundo que yo no quería que fuese real, me abrió el ojo izquierdo con dos dedos, y me metió una varilla hueca de madera que acababa dentro del agua de coco y que rápidamente supe que servía para beber. En el momento en que me di cuenta de ello empecé a sorber de forma obsesiva. Estuve un buen rato hasta que recibí un tirón fuerte en la parte más alta de la cabeza. Yo cogí aire. Un segundo. El pequeño anciano me forzó, aún con la boca rebosando agua de coco, a tragar semillas negras. Muchas semillas negras. Diez segundos y mi cuerpo dejó de ser mío. Yo me revolvía por el suelo como un lagarto con rabia y mi garganta la atravesaban machetes de cazadores furtivos esquizofrénicos. Pero tú solo imagina que me fui con el sabor del coco entre los dientes. Imagina que lo abandoné todo con el sabor del coco entre los dientes. Piensa que se fue con el sabor del coco entre los dientes y sin saber donde estaba.

Quedó completamente noqueado ante todo lo que le había dicho, pero al final le salieron las palabras.

-Vale. Ahora vamos a tomar una copa y a fumar.

Emesis IV. Un verano.


Aceras incandescentes, rayos de sol deslumbrando entre ramas de árboles, tirantes sudados, camisas abiertas hasta el ombligo y bares abiertos hasta el amanecer.

La luz de la mañana se reía de las cortinas y me cegaba, mientras intentaba liberarme de las sábanas. Rutina de sábado. Despegaba los calzoncillos de mis piernas sudadas, mientras soñaba con un vaso de agua fría con el que eliminar el mal sabor de boca que deja una noche de pesadillas calurosas. Me arrastré hasta la última puerta del pasillo con los ojos todavía medio cerrados. La abrí. Era la máxima expresión de delicadeza que se pudiera imaginar. Era una estatua griega. Una diosa. Una yonqui en reposo. Sexy y cutre al mismo tiempo. El borsalino, la lámpara y las pastillas para dormir ocupaban la mesilla. Entre El club de la lucha y Cisne Negro, un tocador. El mueble más cursi del mundo atrapado entre tanta dureza, tanta autodestrucción. Sobre él estaba Gabriela: una botella a punto de acabarse,  dos filtros supervivientes, sujetador rojo, medias rojas y vestido negro. Y debajo de la silla, su DNI: Converse negras. Era importante el tocador. Venía con la casa. Como el espejo del baño. Como el suelo. Cuando llegamos estaba solo en aquella habitación. Yo pasé de largo, pero ella entró, y se sentó delante de él, mirándolo con sonrisa nostálgica. Quién sabe qué le pasó por la cabeza en aquel momento. Ponía las manos sobre él. Miraba el espejo, rayado por los bordes y por los años. Se vio reflejada. Esa habitación ya era suya. Estaba despierta pero yo no lo sabía. Levantó los párpados y me miró entre legañas. Yo estaba apoyado en el umbral de la puerta, con mi sombra tumbada en el pasillo.

-¿Y ahora qué?

-Ahora deberías levantarte.

-¿Para qué?

-Para hacer algo.

-No tengo nada que hacer.

-Siempre hay algo más interesante que estar tumbada sin hacer nada.

-Pásame un cigarro.

Me acerqué al tocador, cogí uno y se lo lancé a la cama. El mechero esperaba en su mesilla.

-Date prisa que nos vamos.

Asintió mientras se incorporaba para encender el cigarro. Se dejó caer sobre su almohada y yo salí de la habitación. Nos íbamos al campo. La familia de Gabriela tenía una casita a la que apenas iba nadie desde hacía mucho tiempo. Estaba al lado de un pequeño río, entre olmos, sauces y fresnos, en uno de los lugares más recónditos y bucólicos que se puedan imaginar. La construyó su bisabuelo. Gruesas paredes de piedra que te aislaban y fortalecían el silencio, rodeadas por los restos de pintura blanca que quedaban en aquella cerca de madera. Todo eran alfombras de hierba salvaje. En el jardín solo había una mesa redonda y un par de sillas, todo de madera oscura y de edad infinita.

Cuando llegamos estaba dormida. La cogí en brazos y la llevé al dormitorio. Durmió hasta la tarde.

Aquel lugar también me servía a mí de centro de rehabilitación. También necesitaba silencio. Necesitaba pisar hierba. Sentir el río. Yo estaba en el porche, leyendo, cuando apareció en bragas y sujetador, destensando su cuello, aún con los ojos dormidos.

-¿Qué hora es?

-Cuatro y media.

-¿No hay comida?

- Sí, hay algo en la cocina.

Se quedó un rato de pie, en el umbral de la puerta, mirando el río entre sus párpados casi cerrados.

-Me voy a bañar.

La miré extrañado. Empezó a andar. Cada vez más rápido, hasta llegar corriendo a la orilla del río. Llegó y saltó. Saltó alto y grande. Saltó bonito. Creo que era la primera vez que la veía saltar. Emergió entre la corriente, salió y se sentó en la orilla. No tardó en levantarse y saltar otra vez. Y salió y volvió a saltar. La miraba hipnotizado desde el porche. Vi que mi objetivo en ese viaje se estaba cumpliendo a las pocas horas sin que yo hubiese hecho nada. Quería limpiarla, purificarla, liberarla, reencarnarla y que sintiese el verano. Y aquella escena escondida entre pequeñas ramas de sauce era el verano. Volvió al porche con andares de chica Bond. Entró y salió al rato con un vaso de agua. Aunque también podía ser vodka.

-Creo que me gustaría morir aquí.

No creo que esperase respuesta a tan macabra afirmación. Palabras como esas me anestesiaban y me mantenían atado a su mundo de flores de cemento.
Amanecimos dormidos en el sofá, con Heineken haciendo guardia veinte veces sobre la mesa. Pequeñas hojas se mezclaban con platos sucios tras colarse por la ventana de la cocina. Me levanté tras retirar su brazo izquierdo, que había dormido sobre mi tripa. Los recuerdos de anoche se habían escondido en las botellas. Ella seguía durmiendo. Salí al jardín y me tumbé en la hierba mojada. Estuve un rato con los ojos cerrados, a punto de desmayarme. Y al final ocurrió. Quedaban secuelas de la noche anterior, y no pude vencerlas. Aparecí en una orilla rocosa, abrazado a un gran jersey de punto que envolvía un cuerpo de cristal. Abrazaba aquel cuerpo por la espalda. Mis manos recorrieron sus brazos hasta llegar a las manos. Ella miró las cuatro juntas y vi su perfil sonriendo, pero no sé quién era. Sopla el viento y estoy de vuelta sobre la hierba. Sopló un poco más y ya estábamos en el coche, dejando atrás aquella postal, rumbo a las autopistas naranjas. Quedaron atrás los teatros, entramos en el laberinto y cerramos la luz. Habían salido muy bien las cosas.

J. L. M.

martes, 2 de julio de 2013

Emesis III. Un otoño.


-Escribe mi nombre en tu mano.

-¿Para qué?

-Para que no te olvides.

-¿De qué?

-De mi nombre.

-¿A qué viene esto?

-A que quiero que escribas mi nombre en tu mano.

-¿Pero para qué?

-¿No te das cuenta que cuando le buscas motivos a las cosas pierden todo el encanto?

-Sí, pero es que es demasiado absurdo incluso para ti.

Se levantó del sofá y se fue. No sé por qué existe noviembre. En noviembre nunca pasa nada. Es el mes olvidado. El mes de presaca de la Navidad. Es un mes doméstico. Un mes triste. Cruel. Un mes para ver llover las tardes de domingo. Un mes pensado para para deprimirse. Así han sido mis últimos noviembres. Una mezcla de nubes, angustia, depresión y sofá. No tardó mucho en volver.

-G. M. M.

-¿Qué?

-Gabriela Mujica Martín. Mis iniciales. Sólo mis iniciales.

-¿A cambio de qué? (odio su extraño poder de convicción)

-No sé… Si quieres follamos.

-Escribe.

Mirada al infinito, inspirar, espirar, prados verdes, prados verdes, prados verdes…

-Ya está. Voy a por papel higiénico.

Me pareció una metáfora terrorífica. Mirar mi mano y ver su nombre sangrando. Porque sí. Volvió con papel higiénico.

-Toma. Ni se te ocurra decirme que te debo una.

-Has dicho si quería…

-No creo que sea el momento. Espérate a que cicatrice.

Delirios de tarde de noviembre. El resultado de horas en penumbra gastando el sofá acompañando al capitán Willard por la jungla de Vietnam. Empezar el día como cualquier otra persona poseída por la rutina, y acabar con la mano soportando tres letras sangrando, esperando a que cicatricen.

-¿Alguna vez te han hecho daño sin querer?

-¿Qué tipo de daño?

-Físico.

-Supongo que sí.

Respondí sin saber a qué se refería.

- ¿Y lo perdonas?

-Sí, claro.

-Solo quería estar en ti. Y que nunca olvides el dolor, ni los prados verdes (me conocía demasiado).

-¿Te ha gustado la peli?

-Sí.

Un minuto de silencio.

-¿No te daría miedo ir a Vietnam?

-¿En la guerra o ahora?

-Ahora.

Cuando me hacía estas series de preguntas se me despejaban las últimas dudas que tenía de donar su cerebro a la ciencia.

-No sé. No me atrae especialmente. No estaría cómodo.

Un minuto de silencio.

-A mí me daría pánico. Sobre todo las carreteras. Vacías. Con puestos de comida regentados por miradas peligrosas, ignorantes, de otro mundo. Un país perdido. Imagina que te duermes y despiertas en un día nublado, en Vietnam. Medio desnudo. Tumbado en la carretera.

Bajó el volumen de su voz, llegando al susurro.

-Yo he visto eso alguna vez. Me he visto desnuda. Llorando en una carretera, confundiendo mis lágrimas con gotas de lluvia mientras anochece. Muriendo de frío. Sangrando por la nariz. Con la boca manchada. Y de repente estoy corriendo por el pasillo de mi casa. Vestida de princesa. Llorando. Con la boca manchada. Corriendo.

Ojos vidriosos. Mirada perdida en los títulos de crédito con el volumen al mínimo.

-Vamos a la cama.

-Estoy sin fuerzas.

-Vamos a dormir.

-Vale.

La cogí en brazos. Fuimos hasta su habitación, la tumbé y me senté a su lado.

-¿Tienes sueño?

-No mucho.

-Entonces quédate aquí un rato. Quiero mirarte.

-Nunca más vamos a hablar de Vietnam.

Asintió y se quedó callada, cumpliendo con lo que le acababa de decir.

-¿Qué vamos a hacer mañana?

-Mañana es lunes. Tengo clase.

-Yo no. ¿Qué puedo hacer?

-Puedes escribir.

-Pero me tienes que dar un boli. Y papel.

-Vale. También puedes escribir en el ordenador.

-No. Papel y boli es mejor.

-Mucho mejor.

Sonreí y apagué la lámpara de la mesilla.

-¿Quieres que me quede más rato?

-Sí.

Me tumbó poniendo mi cabeza en lo que quedaba de su pecho. Y más silencio.

-Marco, ¿tú sabes qué es el horror?

Hablaba en tono de secreto.

Cualquier sonido considerado normal a la luz, es ruido en la oscuridad.

-El horror son tus ojos vidriosos.

-Ya.

Respiró profundamente, levantando mi cabeza.

-O tener que despertar en este mundo mañana.

Le cogí la mano muy fuerte.

-Este mundo te necesita.

-¿Necesita a una yonqui?

-Necesita a alguien que conozca otros mundos.

No dijo nada. Me fui a dormir.

Se me ocurren pocas cosas más deprimentes que tener que levantarse de noche. Ir a echar el café en la taza de leche y que se te caiga un poco fuera de la taza. Ducharse y morir de frío al cerrar el agua. Ir al salón y verla mirando la tele apagada.

-¿Para qué te levantas tan pronto?

-No tenía sueño. Y en mi cuarto hace frío.

Dormía con un camisón diseño niña de diez años, medio transparente después de tanta secadora. Inocencia sin mangas.

-Creo que voy a bajar a hacer fotos. Me gusta la luz que hay estos días. Es gris.

-Seguro que te sienta bien salir un poco.

-No sé si voy a comer.

-Vale. Una cosa: no compres.

-He dicho que voy a ir a hacer fotos.

-Vale.

Me daba pánico dejarla sola cada mañana. Hasta que se convirtió en rutina. Siempre le decía que no comprara. Y sabía que compraba la mayoría de las pocas veces que salía a la calle en la temporada otoño- invierno. Cuando salía a hacer fotos hacía tres o cuatro. Cinco como mucho. Eran todas autorretratos. Todas hablaban de ella. Todas eran ella.

Me pasé toda la mañana deseando volver a verla. Siempre me pasaba. A veces despertaba en mí deseos de homicidio, pero nunca me vi capaz de imaginar mi vida sin ella. Habíamos nacido para estar siempre juntos. Me encantaba mirarla cuando me ignoraba. La delicadeza al pintarse las uñas de negro. Elegancia italiana y sensualidad argentina cuando fumaba en la terraza envuelta en una manta. Solo una manta. Su actitud de niña pequeña haciendo deberes cuando escribía. Sus andares de Alicia con resaca en el País de las Maravillas. Y siempre con ojeras, su sombra de ojos natural.

Llegué de cumplir en la universidad. Se estaba depilando en el baño. Con la puerta entreabierta. Sentada en el borde de la bañera, con la pierna derecha apoyada en el váter. Era la diosa de la sensualidad involuntaria. Un cuerpo entregado a la autodestrucción, que enamoraba con destellos totalmente inesperados que rompían mi rutina de estudiante/niñera/psicoanalista.

Cuando acababa un texto, me lo enseñaba, igual que una niña pequeña enseña un dibujo acabado a su madre. Lo leía y mi mente volaba. Me abría un ventanuco a su mundo, por el que se colaban palabras mezcladas con ácido y hojas mojadas atrapadas en el asfalto.

Oí cómo cerraba la puerta y empezó a ducharse. Salió a los tres minutos, envuelta en una toalla blanca.

-Mis tetas se están muriendo.

-¿Qué?

-Creo que tengo un bulto. Ven a ver si tú lo notas.

Dejó caer la toalla. Me cogió la mano, y la puso en su corazón.

-Mueve los dedos, a ver si notas algo.

No había tumor porque apenas había nada. Moviendo los dedos sentía sus costillas.

-No tienes nada.

-Vale. Me voy a vestir.

Bajamos a la calle. Las pisadas sobre la acera eran amortiguadas aquellos días por rastros de cobre con forma de hojas. Sus Converse negras hacían crujir el cobre. Siempre caminaba despacio, regodeándose en cada paso, en cada calada. Miraba a las parejas que nos cruzábamos, a la vez que la angustia brotaba en su mirada. Angustia. Nunca envidia. Nunca había pensado en estar con alguien. Le parecía que era algo totalmente ajeno a ella. No había nacido para tener pareja, y mucho menos para colaborar en la supervivencia de la especie humana.

Cuando empieza una tarde otoñal se escucha el silencio. Hablan tímidas las hojas crujiendo, quedando a la sombra de cuatro pies, 41 y 37.

-¿Por qué no has bajado la cámara?

Daba miedo ver tantas palomas en la calle. Bajamos por la arteria que mantenía aquella tarde con vida.

-Tengo mucha hambre.

Se compró una napolitana de chocolate. Llevaba casi veinte horas sin comer. Seguimos paseando. Las aceras mojadas son fuertes depresivos de olor frío. Ese olor que posa en nuestra mente la imagen de una casa abandonada en el campo envuelta en niebla gris, en la que se ha cometido un crimen del que nadie tendrá noticia jamás. En situaciones como esa surgía mi culto al olor del humo del tabaco. Hacía las calles más acogedoras.

Ella hablaba y yo escuchaba. Pero tenía que probar su capacidad de escuchar. En el momento en el que me levanté a las seis y media de la mañana, cayó sobre mí una gran mierda de 24 horas de duración, que se sumaban al cansancio físico, mental y sentimental cargado en mi espalda desde que acabó el verano. Estaba en esa humillante situación extrema en la que te ahogas con tu propia voz y te amenazan las lágrimas en el momento en que todo te supera, en el momento en que necesitas vaciarte. Sentados en un banco, ella comiendo y atravesando la acera con su mirada, y yo mordiéndome los labios.

-Necesito hablar.

-¿De qué?

-De mí. De mí y de ti. De todo.

-¿Te queda tabaco?

Falta de sensibilidad inconsciente. Le di cigarro y mechero y al fin tuve la opción de arrancar, pero me eché atrás. Noté su mirada sobre mí unos instantes después de encender el cigarro. Yo no la miré. De repente tiró su cigarro lo más lejos que pudo con aquel brazo con principios de anorexia y me abrazó. Y después susurró.

-No pienses que hay algo mejor.

Aquella frase paró el mundo unos segundos. Y lloré en silencio, tímido, pero lloré bien. Era el resumen y la solución de la angustia de aquellos dos días de noviembre. Dos días que empezaron con tres letras de sangre en mi mano. Dos días que acaban con el anochecer adelantado de otoño, con su sonrisa y con seis palabras que habían liberado mi cerebro y frenado uno de mis frecuentes infartos emocionales. Suerte.
J. L. M.

jueves, 27 de junio de 2013

La lluvia lenta

  Hoy llueve de nuevo sobre las empedradas calles de La Habana Vieja. A través de las sucias ventanas del cuarto, esta agua parece traer reminiscencias de aquella otra que ahora recogen páginas descoloridas, esa agua medrosa y triste de la que habló Gabriela.  Ya los oigo subir por la escalera, sé que vienen por mí y ya no siento miedo, ya no soy yo.
   Esta es la gloria de la revolución de la que tanto hablaron, estos los sueños que nos prometió nuestro comandante: un país de miseria en donde los hombres no pueden alzar la voz si no es para decir lo que ellos quieren. Ellos, los fantasmas sin rostro, por todas partes, haciendo respetar el espíritu de la revolución.
   Ellos no entienden de nombres o ideas, sólo entienden el miedo y la sed perpetua del poder. No sólo no tienen rostro; tampoco tienen nombre, ni bandera, ni alma. No son más que perros de presa. Son el enjero corrupto a través del cual una mano férrea dirige nuestro yugo. Aquí, en mi humilde cuarto en La Habana, o en cualquier otro lugar del mundo. Son ellos quienes encienden la mínima chispa necesaria para incendiar de odio un slum en Mirzapur. Son el hierro entre los olivares andaluces, prendido en el pecho del poeta. Son el vientre abombado de un niño cuyas manos y cuya infancia se llevó la guerrilla en el África ecuatorial. Son la incomprensión de una madre ante los ríos de sangre de una favela y la pasividad del desposeído por las “democracias”. Son la lluvia torrencial que arrasa hasta nuestros jardines más secretos. Al fin y al cabo, es siempre lo mismo: Al terror le sobreviene la calma, después la lluvia arrastra inclemente la sangre que riega nuestra tierra, olvidamos. Todo se repite: nos oprimen, padecemos, alzamos las voces, nos engañamos con la ilusión vana del cambio, el cambio llega, el cambio nos oprime, padecemos de nuevo. Así será siempre: germinaremos, sangraremos, olvidaremos, moriremos.

 Los oigo al otro lado de la puerta. Me llevarán, desapareceré y otro ocupará mi lugar, se lo llevarán también. Entran, son dos, me encañonan. Mientras, afuera, indiferente, llueve.

A.S.V.

martes, 25 de junio de 2013

Emesis II. Un invierno.

Ahí estaba. Dejando de estar. Dejando de ser. Consciente e inconsciente a la vez. Con la mirada perdida en la acera, donde se le cruzaban destellos de tacones y cigarros aplastados. Temblores de manos y piernas perfectamente coordinados por el frío que invadía todas las madrugadas invernales. Pero ella hacía que todo lo existente desapareciese. Solo quedaban sus tacones, su sonrisa, su risa, y la fuerza sobrehumana de su mirada. El alcohol no le había alejado lo suficiente de la realidad como para dejarse llevar por sus deseos de sentirla y hacerla sentir. Solo tenía un obstáculo antes de llegar a ella. Y el obstáculo era ella. Ella, con un sí o con un no. Este último partiendo con clara ventaja. Pero siempre con menos que la tercera opción: la x. La incógnita. La cobardía. La cobardía de no intentar cumplir un sueño (o varios). La cobardía que solo le permitía mirarla de lejos. La cobardía que ni el alcohol había podido vencer. La cobardía. La culpable de que el tiempo pasara más rápido, acercando el momento de su marcha. El momento en el que su mirada ya no brillaría entre neones y farolas. Llegó ese momento y se fue. Sin saber que para él nunca se iría del todo.
 
J. L. M.